Sociedad y Estado · Parcial modelo
Segundo parcial de Sociedad y Estado, resuelto paso a paso
Es un parcial modelo, escrito por nosotros. No es el parcial de ninguna cátedra ni de ninguna fecha: está armado con el temario y el formato de los que se toman, para que puedas practicar con algo parecido.
La segunda mitad de la materia: presidencialismo y poderes del presidente, sistemas electorales y el reparto D'Hondt, el sistema electoral argentino, federalismo fiscal y política subnacional, derechos, género y movimientos sociales, y actores, medios y políticas públicas.
9 ejercicios, 27 preguntas, 90 minutos. Se aprueba con 60 sobre 100.
Las consignas
Nueve ejercicios, una hora y media. Cada uno arranca con un caso —casi siempre de un país imaginario— y sigue con dos a cinco preguntas sobre ese caso. Los puntos de cada ejercicio se reparten en partes iguales entre sus preguntas, y el total suma 100.
Leé el caso entero antes de contestar la primera pregunta. Los datos que parecen de adorno casi nunca lo son: en varios ejercicios, el dato que decide una respuesta está en la última línea del caso.
Casi todas las preguntas son de opción múltiple con cuatro opciones y una sola correcta. Están escritas a propósito con la respuesta y su justificación pegadas: una justificación equivocada invalida toda la opción aunque la primera mitad suene bien. Leé las cuatro hasta el final antes de marcar — es donde más nota se pierde en esta materia, y no tiene nada que ver con saber el tema.
Hay siete preguntas de respuesta corta: se contestan con una palabra, un nombre de lista o un número. No hace falta escribir ninguna explicación en ningún lado.
El ejercicio 2 es el único con cuentas, y son cuentas de dividir. Conviene hacer la tabla completa en papel antes de contestar cualquiera de sus preguntas, porque las cinco salen de la misma tabla.
Una pregunta en blanco vale lo mismo que una mal, así que conviene marcar siempre algo.
Ejercicio 1 — La República de Aurelia 12 puntos
La constitución de la República de Aurelia, escrita hace cuarenta años y nunca reformada desde entonces, establece tres cosas: que quien encabeza el Poder Ejecutivo se elige en una votación nacional propia, distinta de la que elige a la Asamblea; que dura cinco años y que la Asamblea sólo puede removerlo mediante un juicio con causales tasadas y dos tercios de los votos de cada cámara; y que la misma persona es jefa de Estado y jefa de gobierno. Le reconoce además la facultad de vetar leyes entera o parcialmente y la de dictar decretos de urgencia, que quedan vigentes salvo que las dos cámaras los rechacen. En los primeros dos años del mandato actual, el oficialismo tuvo mayoría propia y disciplinada en las dos cámaras: sancionó su programa por ley, artículo por artículo, y no dictó un solo decreto de urgencia. Después de la elección de medio término perdió la mayoría en ambas. En los tres años siguientes el Ejecutivo dictó ochenta y siete decretos de urgencia, vetó veintidós leyes y no consiguió que la Asamblea le aprobara ninguna iniciativa propia.
- a) ¿Qué rasgos del enunciado alcanzan, por sí solos, para clasificar el régimen de Aurelia como un presidencialismo?
- b) Entre la primera mitad del mandato y la segunda, los decretos de urgencia pasaron de cero a ochenta y siete sin que se modificara una línea de la constitución. ¿Qué indica ese salto?
- c) ¿Cómo se llama la situación de la segunda mitad del mandato, en la que el partido del titular del Ejecutivo no tiene mayoría en el cuerpo legislativo? Respondé con dos palabras.
El caso está armado para que las dos mitades del mandato se distingan en una sola variable. La constitución es la misma el primer día y el último; lo único que cambió fue cuántas bancas controla el oficialismo. Todo el ejercicio sale de ver eso.
a) Qué hace que sea un presidencialismo
Los tres rasgos van juntos y hay que pedirlos juntos: origen separado (elección propia), supervivencia separada (mandato fijo: la Asamblea no lo puede sacar porque le dejó de gustar cómo gobierna, y él no puede disolverla) y concentración (jefe de Estado y de gobierno en la misma persona).
«El veto y los decretos». Es la opción que más se marca, y confunde cuán fuerte es un ejecutivo con de qué tipo es el régimen. Son preguntas distintas: hay presidencialismos con ejecutivos débiles y parlamentarismos con jefes de gobierno enormemente poderosos. Además el dato que invoca es falso: varios parlamentarismos admiten legislación delegada de urgencia.
«La Asamblea puede removerlo». Acá la trampa es fina y es la que hay que saber nombrar: el juicio político necesita una causal y mayorías agravadas —dos tercios de cada cámara, dice el enunciado—; el voto de censura parlamentario no necesita ninguna causal, alcanza con que el parlamento le retire el apoyo político. Que exista juicio político no rompe el mandato fijo: lo confirma, porque muestra que sin causal no hay forma de sacarlo.
«Representa al país ante el exterior». Es el error número uno del tema: creer que presidencialismo es «hay un presidente». Alemania, Italia e Israel tienen presidente y son parlamentarismos.
b) La trampa fuerte de este ejercicio
Un ejecutivo que gobierna por decreto no suele ser un ejecutivo fuerte. Suele ser uno que no consigue los votos.
Bonvecchi y Zelaznik, siguiendo a Mainwaring y Shugart, separan los recursos del presidente en dos columnas:
poderes partidarios — qué proporción de bancas controla su fuerza y qué tan cohesionado es el bloque. Cambian con cada elección.
Y las dos columnas se compensan. Mirá los primeros dos años del caso: con mayoría propia y disciplinada, el Ejecutivo convirtió su programa en ley sin firmar un solo decreto. Tenía exactamente las mismas facultades constitucionales que después — y no las necesitó. Tenerlas y no usarlas era el signo de que le sobraban votos.
En los tres años siguientes usa todo lo que tiene: ochenta y siete decretos, veintidós vetos, cero iniciativas aprobadas. El veto y el decreto son ahí herramientas defensivas: le sirven para que no se sancione lo que no quiere y para producir normas donde el Congreso no actúa, pero no le alcanzan para gobernar. La lista de cosas que no consiguió es la parte del caso que más dice.
«Sus poderes institucionales aumentaron». No existe tal cosa: los poderes institucionales son los que están escritos, y el enunciado aclara que la constitución nunca se reformó. Usar mucho una facultad no la agranda.
«Dejó de ser un presidencialismo». Confunde el tipo de régimen con la coyuntura. El régimen se define por el origen y la supervivencia del ejecutivo, que no cambiaron.
c) El nombre de la situación
Gobierno dividido: el partido del titular del Ejecutivo no controla la mayoría del Congreso. Lo contrario es gobierno unificado.
Dos cosas que conviene tener claras. Primero: son descripciones de aritmética parlamentaria, no juicios de valor. Un gobierno dividido no es una crisis institucional, es un reparto de bancas. Segundo: el diseño hace que la situación pueda darse vuelta a mitad del mandato sin que nadie toque la constitución, porque las elecciones legislativas no coinciden con la presidencial. Es exactamente lo que pasa en Aurelia entre el año dos y el año tres.
La pregunta «¿es fuerte este presidente?» se contesta en tres movimientos: describir la dotación institucional, aclarar que su uso efectivo depende de los recursos partidarios, y mostrar el caso donde las dos columnas se separan. Aurelia es ese caso, con las dos mitades del mismo mandato.
Ejercicio 2 — Siete bancas, cinco listas, un umbral 15 puntos
En un distrito se renuevan siete bancas de la cámara baja. El padrón electoral del distrito es de 500.000 electores y en la elección se emitieron 400.000 votos válidos, repartidos así: lista Roja 152.000, lista Azul 118.000, lista Verde 71.000, lista Ocre 45.000 y lista Gris 14.000. Rigen las mismas reglas que para los diputados nacionales en la Argentina: fórmula D'Hondt, listas cerradas y bloqueadas, y un umbral del 3 % del padrón electoral del distrito para participar del reparto de bancas.
- a) ¿Cuántos votos necesitaba como mínimo una lista para participar del reparto de bancas? Escribí sólo el número.
- b) ¿Cuántas bancas obtiene la lista Roja?
- c) ¿Cuál es el cociente con el que se adjudica la séptima y última banca? Escribí sólo el número.
- d) Si en ese mismo distrito se renovaran ocho bancas en lugar de siete, con exactamente los mismos votos, ¿qué lista se llevaría la octava? Escribí el nombre de la lista.
- e) La lista Roja obtuvo el 38 % de los votos válidos y se lleva 3 de las 7 bancas, es decir el 42,9 %. ¿Cuál es la lectura correcta de esa diferencia?
Paso 0 — el umbral, que va antes de todo
Éste es el paso que más se saltea, y acá además esconde una trampa de lectura. El umbral es del 3 % del padrón electoral del distrito, no de los votos emitidos:
Quien lo lee como «3 % de los votos» calcula 3 % de 400.000 = 12.000 y deja entrar a Gris, que sacó 14.000. Fijate lo que significa ese número: Gris tiene el 3,5 % de los votos válidos —por encima del 3 %— y aun así queda afuera, porque sobre el padrón representa el 2,8 %. Como siempre hay gente que no va a votar, el piso del padrón equivale a una exigencia más alta que el mismo porcentaje sobre los votos.
Una aclaración honesta: en este caso, meter a Gris por error no cambia el reparto. Su mejor cociente es 14.000 y la última banca se adjudica con 45.000, así que no habría entrado igual. Pero el orden correcto de los pasos es ése —primero el umbral, después la tabla—, y hay repartos donde sí cambia el resultado.
Paso 1 — la tabla de cocientes, con las cuatro listas admitidas
Cada lista dividida por 1, 2, 3… hasta 7, porque hay 7 bancas:
Azul (118.000): 118.000 · 59.000 · 39.333 · 29.500 · 23.600 · 19.667 · 16.857
Verde (71.000): 71.000 · 35.500 · 23.667 · 17.750 · 14.200 · 11.833 · 10.143
Ocre (45.000): 45.000 · 22.500 · 15.000 · 11.250 · 9.000 · 7.500 · 6.429
Paso 2 — todos los cocientes juntos, de mayor a menor
Acá es donde se equivoca la mayoría: hay que mezclar las cuatro listas, no ordenar cada una por su lado.
2ª 118.000 (Azul ÷ 1)
3ª 76.000 (Roja ÷ 2)
4ª 71.000 (Verde ÷ 1)
5ª 59.000 (Azul ÷ 2)
6ª 50.667 (Roja ÷ 3)
7ª 45.000 (Ocre ÷ 1)
el octavo sería 39.333 (Azul ÷ 3)
Paso 3 — contar
El control, por el segundo camino
Cada banca va a la lista con el cociente más alto entre sus votos y (bancas que ya tiene + 1):
Banca 2 → Roja 76.000 · Azul 118.000 · Verde 71.000 · Ocre 45.000 → Azul
Banca 3 → Roja 76.000 · Azul 59.000 · Verde 71.000 · Ocre 45.000 → Roja
Banca 4 → Roja 50.667 · Azul 59.000 · Verde 71.000 · Ocre 45.000 → Verde
Banca 5 → Roja 50.667 · Azul 59.000 · Verde 35.500 · Ocre 45.000 → Azul
Banca 6 → Roja 50.667 · Azul 39.333 · Verde 35.500 · Ocre 45.000 → Roja
Banca 7 → Roja 38.000 · Azul 39.333 · Verde 35.500 · Ocre 45.000 → Ocre
Roja 3, Azul 2, Verde 1, Ocre 1. Coincide.
Hacer las dos veces la cuenta no es perder tiempo: es la única manera de entregar un reparto sin cruzar los dedos.
c) El cociente de la última banca
45.000, que es el primer cociente de Ocre (sus votos divididos por 1). Es el corte: todo cociente mayor que 45.000 se llevó una banca y todo cociente menor quedó afuera. Notá que el corte no es un número que la ley fije: sale de la cuenta, y depende de cuántas bancas haya.
d) La octava banca
Azul, con 39.333 (118.000 ÷ 3). Es el primer cociente que había quedado afuera. Para contestar esto hay que tener la tabla completa, no sólo los siete que entraron: es la razón por la que conviene dividir hasta el final aunque parezca que sobra.
Y fijate el efecto: con siete bancas Azul tiene 2 de 7 (28,6 %) con el 29,5 % de los votos; con ocho pasa a 3 de 8 (37,5 %). La misma elección, un parlamento distinto. La magnitud de distrito decide tanto o más que la fórmula.
e) Por qué Roja termina arriba de su porcentaje
Las dos razones se suman, y las dos hay que poder decirlas:
Uno: las bancas son enteras y los porcentajes no. Con 7 bancas, los únicos resultados posibles son 0, 14,3, 28,6, 42,9, 57,1, 71,4, 85,7 o 100 por ciento. El 38 % no existe como resultado. Alguien tiene que quedar arriba y alguien abajo: acá Roja quedó arriba (38,0 → 42,9) y Verde abajo (17,75 → 14,3). Ninguna fórmula evita esto, porque el problema no es la fórmula sino la aritmética de los números enteros.
Dos: D'Hondt favorece levemente a las listas grandes. Es una propiedad conocida de esta fórmula. Otras fórmulas proporcionales —Sainte-Laguë, que divide por 1, 3, 5, 7, o el cociente Hare con restos mayores— tratan mejor a las listas medianas. «Proporcional» no quiere decir «reparto exacto»: quiere decir una familia de fórmulas que reparten en función de la proporción de votos, cada una con su propio desvío.
«Es un error de cálculo». No lo es, y la forma de convencerse es rehacer la cuenta por el segundo camino, como está arriba. Si le sacáramos la tercera banca a Roja para dársela a Azul, estaríamos adjudicando la sexta banca a un cociente de 39.333 cuando había uno de 50.667 disponible.
«D'Hondt es mayoritaria». Confunde la fórmula de Diputados con la lista incompleta del Senado argentino, que sí reparte entre el primero y el segundo. Acá entraron cuatro listas: si fuera mayoritaria, Roja se habría llevado las siete.
«Los votos de la excluida se reasignan». No existe esa regla. Los votos de una lista que no supera el umbral no se le suman a nadie: simplemente no se traducen en bancas. Los 14.000 de Gris no fueron a ninguna parte.
Ejercicio 3 — Una fuerza nueva, veinticuatro distritos 12 puntos
Una fuerza política nueva obtiene alrededor del 14 % de los votos en casi todos los distritos del país, de manera bastante pareja, tanto en la elección de diputados como en la de senadores. No sale primera ni segunda en ningún distrito. Las reglas son las vigentes en la Argentina: no hay distrito nacional para el Congreso, los diputados se eligen en cada una de las 23 provincias y la Ciudad de Buenos Aires con fórmula D'Hondt y umbral del 3 % del padrón del distrito, y la Cámara se renueva por mitades cada dos años; los senadores se eligen tres por distrito con lista incompleta —dos bancas para la lista más votada y una para la segunda—, con renovación por tercios. Los distritos más grandes renuevan más de treinta bancas de diputados por elección y los más chicos, dos o tres.
- a) ¿Qué puede esperar esa fuerza en el Senado, y por qué?
- b) En Diputados, esa misma fuerza obtiene bancas en los distritos grandes y ninguna en los chicos, con el mismo porcentaje de votos en todos. ¿Qué explica la diferencia?
- c) Con estas reglas, el voto de un habitante de una provincia poco poblada pesa varias veces más que el de un habitante de la provincia más poblada. ¿De dónde sale ese desvío?
El dato del enunciado que decide las tres respuestas es el mismo y está en la primera línea: no hay distrito nacional. El 14 % nacional no se suma en ninguna parte; hay veinticuatro cuentas separadas.
a) El Senado
La lista incompleta es una regla mayoritaria con un premio explícito a la primera minoría: dos bancas al más votado, una al segundo. No hay nada para el tercero, saque 14 % o 24 %. Una fuerza que no sale primera ni segunda en ningún distrito cosecha cero.
«La tercera banca está reservada a las minorías». Es la confusión más frecuente del tema, y es casi verdad, que es lo que la hace peligrosa. La tercera banca existe desde 1994 y su sentido es darle lugar a la primera minoría — pero a la primera, no a cualquiera. El segundo la gana; el tercero no.
«D'Hondt rige para las dos cámaras». No: D'Hondt es sólo para diputados. Aplicarlo al Senado es uno de los errores que más se ven.
«En las provincias chicas el padrón es más chico». El umbral es un porcentaje del padrón, así que se achica con él: no es más fácil de alcanzar en ningún lado. Y además el umbral del 3 % es de Diputados, no del Senado. Pero lo que hace falsa a la opción es sobre todo que invierte el efecto real de la magnitud: los distritos chicos son más difíciles para una tercera fuerza, no más fáciles.
b) Por qué los distritos grandes sí y los chicos no
Aun sin ningún umbral escrito, una magnitud chica funciona como un umbral alto. Se lo llama umbral efectivo.
Con 35 bancas en juego, el corte queda bajísimo y un 14 % se traduce en unas cinco bancas. Con 2 bancas en juego, la primera se la lleva el más votado y la segunda también, salvo que el segundo saque más de la mitad de lo que sacó el primero: con 14 % no entra nadie. El mismo partido, con el mismo porcentaje, entra en un distrito y no entra en el otro. Por eso «el sistema electoral argentino» son en realidad veinticuatro sistemas conviviendo.
De las otras tres, dos inventan reglas que no existen: D'Hondt se aplica en todos los distritos, sin importar cuántas bancas renueven, y las listas cerradas no le impiden a nadie presentar candidatos — determinan que el votante no pueda alterar el orden de la lista, que es otra cosa.
c) De dónde sale la sobrerrepresentación
Ésta es la trampa del ejercicio, porque las dos primeras opciones hablan de desvíos que existen los dos, y hay que separarlos.
malapportionment: el desajuste entre la población de un distrito y las bancas que le tocan. Se produce ANTES, al repartir las bancas entre distritos, y no interviene ninguna fórmula electoral.
El desvío del que habla la pregunta es el segundo, y tiene dos fuentes distintas:
En el Senado es total y explícita, y está en la Constitución: tres senadores por distrito, tenga 200.000 habitantes o 17 millones. Un senador de la provincia menos poblada representa muchísima menos gente que uno de la más poblada.
En Diputados es menos visible: viene de un piso mínimo de bancas por provincia y de una cantidad fija adicional por distrito, que desacoplan las bancas de la población. Y acá hay una diferencia que vale la pena tener: el Senado desproporcional tiene una justificación explícita en el diseño federal —esa cámara representa provincias, no ciudadanos—, mientras que la Cámara de Diputados debería representar población.
Por qué D'Hondt no puede ser la causa. D'Hondt reparte bancas entre listas dentro de un distrito. Nunca compara distritos, así que no puede producir un desvío entre distritos. Es el mismo tipo de error que confundir el termómetro con el clima: el instrumento mide adentro de la habitación.
Cómo se contesta bien esta discusión en un parcial: hay dos posiciones y las dos tienen argumento. A favor, que en un Estado federal las unidades pesen igual es el punto de la cámara territorial, y sin un piso las provincias con poca población quedarían sin capacidad de incidir. En contra, el principio democrático es «un ciudadano, un voto». Lo que no corresponde es adjudicarle el beneficio a un partido: beneficia a las provincias chicas, y qué fuerza las gobierna cambia elección a elección.
Ejercicio 4 — Ámbar y Cobalto 12 puntos
En un país federal imaginario, el gobierno central recauda alrededor del 80 % de los impuestos y ejecuta la mitad del gasto público; las provincias ejecutan casi todo el resto. La provincia de Ámbar financia el 85 % de su presupuesto con transferencias del gobierno central, emplea en su administración a unas noventa personas cada mil habitantes y es una de las de mayor producto por habitante del país. El mismo partido gana su gobernación desde hace veintiocho años, en varias elecciones por más de treinta puntos de diferencia; el Estado provincial es el mayor empleador, el mayor comprador y el principal anunciante del distrito. La provincia de Cobalto, vecina, tiene la mitad del producto por habitante de Ámbar, cubre casi todo su presupuesto con impuestos propios, emplea a unas treinta y cinco personas cada mil habitantes y cambió tres veces de signo político en el mismo período.
- a) El desajuste entre lo que el gobierno central recauda y lo que gasta, comparado con lo que recaudan y gastan las provincias, tiene un nombre en la literatura sobre federalismo fiscal. ¿Cuál es? Respondé con una sola palabra.
- b) Según el argumento de Gervasoni, ¿cuál es el mecanismo que conecta la forma en que se financia Ámbar con su escasa competencia política interna?
- c) ¿Qué tipo de afirmación es la tesis de Gervasoni sobre rentismo fiscal y democracia provincial, y dónde está su borde?
a) Vertical
Hay dos desequilibrios y no conviene mezclarlos:
horizontal — entre PROVINCIAS: unas reciben muchísimo más por habitante que otras.
El del enunciado es el vertical. Poné las dos columnas al lado: el gobierno central ejecuta la mitad del gasto y recauda el 80 % de los impuestos; las provincias ejecutan la otra mitad y recaudan alrededor de un quinto. Esa brecha la cierran las transferencias, y de ahí sale toda la política de la unidad.
b) El mecanismo, que es de lo que se trata
La tesis de Gervasoni no es «las provincias que reciben plata son menos democráticas». Es una cadena sobre por qué el origen del dinero cambia los incentivos del que gobierna. Sin el mecanismo no hay argumento, hay una correlación suelta.
Eslabón 1 — a quién hay que rendirle cuentas. Un gobierno que se financia cobrándole impuestos a su propia sociedad necesita, como mínimo, que esa sociedad tolere el cobro: cada peso que gasta se lo sacó a alguien que vive ahí y puede reclamarle. Si el peso viene de afuera, esa cadena se corta.
Eslabón 2 — el tamaño relativo del Estado. El enunciado lo trae con número: noventa empleados públicos cada mil habitantes contra treinta y cinco. El Estado provincial pasa a ser el mayor empleador, comprador y anunciante. Gervasoni lo llama síndrome estatista.
Eslabón 3 — qué pasa con la competencia. Si el oficialismo dispone de recursos que ningún opositor puede igualar, y quienes podrían financiar a una oposición dependen de ese mismo presupuesto, la disputa queda desigual antes de la campaña. No hace falta prohibir nada.
Las tres opciones equivocadas, y qué error marca cada una
«Ámbar es pobre». El caso dice justo lo contrario: Ámbar está entre las de mayor producto por habitante y Cobalto tiene la mitad. Es la confusión más frecuente del tema: rentística no es sinónimo de pobre. Lo que define al rentismo es el origen del recurso, no la riqueza. Hay provincias ricas que viven de transferencias y provincias pobres que reciben menos por habitante.
«Las transferencias llegan condicionadas». Cambia de tema: eso sería un mecanismo de presión del gobierno central sobre el provincial, que es el asunto de 6.4. Acá lo que se explica es la competencia adentro de la provincia, y el argumento no necesita que nadie condicione nada.
«Lo decisivo es la cantidad». Es la opción más tentadora porque parece una versión simplificada de la tesis, y en realidad la niega: borra el eslabón 1, que es el corazón del argumento. La comparación con Cobalto está en el enunciado justamente para descartarla: un gobierno con el mismo dinero recaudado en impuestos propios enfrenta a una sociedad que se lo pagó y puede reclamarle.
Y una precisión que se pierde seguido: el argumento no dice nada sobre las personas. Ni sobre los votantes de esas provincias ni sobre el carácter de sus dirigentes. Habla de incentivos y recursos; cualquier oficialismo colocado ahí jugaría con las mismas ventajas.
c) Qué tipo de afirmación es
Saber sostener un argumento y saber dónde está su borde es exactamente lo que pide esta materia. Lo que hay es:
una asociación entre dos variables (transferencias por habitante y grado de democracia provincial) más un mecanismo plausible; medida con una Encuesta de Expertos en Política Provincial, es decir percepción de especialistas y no un registro objetivo — un experto puede estar leyendo el resultado, un oficialismo que gana siempre, como si fuera la causa; y con una pregunta abierta sobre la dirección: ¿la renta produce la falta de competencia, o las dos vienen de una tercera característica compartida?
«Es una definición». Si «rentística» significara «híbrida», la tesis no diría nada del mundo y no habría hecho falta ninguna encuesta. Una afirmación verdadera por el significado de las palabras no se puede poner a prueba.
«Es una ley comprobada». Promete más de lo que el texto sostiene, y el que contesta así queda sin defensa apenas le preguntan cómo se midió.
«Dictaduras encubiertas en transición». Es la mala lectura de régimen híbrido, y la palabra que hace todo el trabajo es estable: no es una democracia a mitad de camino que todavía no llegó ni una dictadura disimulada. Es un punto de llegada que se sostiene, con instituciones democráticas realmente existentes en el papel —elecciones multipartidarias, legislaturas con minoría, justicia formalmente independiente— y prácticas que las vacían.
Ejercicio 5 — Dos clases de fondos 8 puntos
Seguimos en el mismo país federal del ejercicio anterior. El gobierno central gira a las provincias dos clases de fondos. La primera es una masa que se reparte todos los meses según porcentajes escritos en una ley, se gira de forma automática y llega igual cualquiera sea la relación política del momento; es, de lejos, la más grande de las dos. La segunda reúne aportes del tesoro, obra pública y refinanciación de deudas provinciales: su monto, su destino y su momento los decide el propio gobierno central, caso por caso. Ámbar reúne el 1 % de la población del país, aporta el 4 % de las bancas de la cámara baja y tres de las bancas del senado, igual que la provincia más poblada.
- a) ¿Cuál de las dos clases de fondos funciona como palanca política del gobierno central sobre las provincias, y por qué?
- b) Gibson y Calvo llamaron «distritos de bajo mantenimiento» a provincias con el perfil de Ámbar. ¿Qué quiere decir exactamente «bajo mantenimiento»?
a) La distinción que decide toda la unidad
No todas las transferencias son iguales. La coparticipación es automática y está en una ley: llega igual, se lleven bien o mal. Los aportes del tesoro, la obra pública y la refinanciación de deuda son discrecionales: alguien decide cuánto, cuándo y a quién. La primera no sirve como palanca; la segunda sí. Si confundís las dos, la unidad entera se vuelve incomprensible.
«La primera, porque es la más grande». Es la trampa del ejercicio, y el enunciado puso el dato del tamaño justamente para tenderla. Un fondo automático puede ser gigantesco y no dar ningún poder de negociación, porque no hay nada que negociar: no depende de la voluntad de nadie. Lo que da palanca no es el tamaño sino la discrecionalidad. Un fondo chico que alguien decide vale más, políticamente, que uno enorme que llega solo.
«Las dos por igual». Borra exactamente la distinción que el tema pide hacer. Si las dos fueran lo mismo, no habría razón para que la discusión sobre qué impuesto entra en la masa coparticipable —y cuál queda afuera— sea tan encarnizada.
«Sólo cuando el partido es distinto». Inventa una regla. Los fondos discrecionales son discrecionales siempre: quién los recibe y en qué condiciones es justamente lo que se negocia, y esa negociación existe también entre gobiernos del mismo signo.
b) Barato, pero ¿para quién?
Juntá las dos piezas del enunciado: Ámbar aporta poca población y muchas bancas, y tiene un presupuesto chico en términos absolutos. De ahí sale el concepto: para el gobierno central es barato comprar su apoyo. Unas décimas más de coparticipación, unos pocos millones en aportes del tesoro, una reestructuración de deuda. Para el presupuesto nacional son esfuerzos fiscales modestos; a cambio, la provincia aporta una proporción significativa de diputados y senadores.
Cuidado con la palabra «barato». Barato es el precio para quien paga. Para la provincia esa misma suma le cambia el presupuesto. La asimetría es exactamente ésa, y es lo que hace funcionar al mecanismo: si fuera barato para los dos, no compraría nada.
«Es barata porque es pobre». Es la confusión que el concepto invita a cometer, y se desarma con el ejercicio anterior: Ámbar está entre las provincias de mayor producto por habitante. «Bajo mantenimiento» no describe a la provincia, describe el costo de conseguir su apoyo.
«Puede intervenirla sin costo». Cambia el mecanismo: pasa de un intercambio negociado a una imposición unilateral. Lo que describen Gibson y Calvo es un intercambio, y es un intercambio del que la provincia sale ganando en su propia escala.
«Acompañan sin pedir nada a cambio». Le saca al modelo lo único que lo hace un modelo: que hay un precio y que se paga. Si el apoyo fuera gratis, no habría «mantenimiento» ni alto ni bajo.
Y de dónde salen las bancas de más: son dos fuentes distintas y conviene no fundirlas en una sola queja. En el senado, la Constitución (tres por distrito, sin importar la población). En la cámara baja, una ley: un piso mínimo de bancas por provincia más una cantidad fija adicional por distrito.
Ejercicio 6 — Una cuota que no movió nada 12 puntos
Un país imaginario sanciona una ley que obliga a que las listas de candidatos a su cámara baja incluyan al menos un 30 % de mujeres. La ley no dice en qué lugar de la lista tienen que ir, no establece qué ocurre si un partido no la cumple, y el país elige a sus diputados en distritos que renuevan entre dos y cuatro bancas cada uno. Diez años más tarde, todos los partidos declaran cumplir la ley y la proporción de diputadas casi no se movió.
- a) ¿Por qué una cuota del 30 % efectivamente sancionada puede no producir ningún efecto sobre la composición de la cámara?
- b) En la Argentina, la ley 24.012 de 1991 fijó un piso del 30 % de mujeres en las listas y se aplicó por primera vez en 1993; la ley 27.412 de 2017, aplicada por primera vez en 2019, dispuso que las listas al Congreso ubiquen mujeres y varones de manera intercalada desde el primer candidato titular hasta el último suplente. ¿En qué se diferencian las dos reglas?
- c) Tras corregir la regla, en ese país imaginario las mujeres pasan a ocupar el 45 % de las bancas. Un informe concluye: «con el 45 % de las bancas ya está garantizada la representación sustantiva de las mujeres». ¿Cómo se evalúa esa conclusión?
a) Una cuota no produce efectos por estar sancionada
Un porcentaje mínimo en la lista, solo, no garantiza nada. Lo que decide si una cuota sirve son tres cosas, y el caso las falla las tres.
Dónde van ubicadas. Si las candidatas pueden ir al final, la lista cumple el 30 % y no entra ninguna. En la Argentina esto no es una hipótesis: hizo falta reglamentar desde dónde se cuenta y en qué posiciones se ubican — primero un decreto en 1993 y después otro en 2000 que lo reemplazó y estableció al menos una mujer cada dos varones. Que la primera reglamentación haya tenido que ser reemplazada es, en sí mismo, la prueba de que la redacción importa.
Qué pasa si el partido no cumple. Una cuota sin consecuencia por incumplirla es una recomendación. Lo que le da fuerza es que la lista que no la respeta no pueda oficializarse.
Cuántas bancas se eligen. Con dos o tres cargos en juego, un 30 % de la lista no obliga a nada: no hay forma de repartir. Cuanto más chico el distrito, menos muerde la cuota — que es, de paso, el mismo fenómeno de magnitud del ejercicio 3.
«El piso es demasiado bajo». Es la trampa, y prepara el ítem siguiente: supone que el problema es el número. Con esas tres fallas de diseño, un piso del 50 % sin regla de ubicación y sin sanción daría lo mismo — se cumpliría en el papel poniendo a las candidatas al final.
«Sólo funcionan con listas abiertas». Al revés: con listas cerradas y bloqueadas, que es el caso argentino, una regla de ubicación es más efectiva, porque el orden lo fija la ley y el votante no lo puede alterar.
«La descriptiva no genera la sustantiva». Es una afirmación discutible sobre otra cosa, y no responde la pregunta: aunque fuera cierta, no explica por qué la composición de la cámara no se movió.
b) La cuota y la paridad son reglas de tipo distinto
paridad — fija el ORDEN: intercala, de principio a fin de la lista.
Por eso la paridad no es «una cuota más alta». Intercalar no deja margen para la maniobra que la cuota tuvo que ir tapando con reglamentaciones sucesivas. Es un cambio en el tipo de regla, no en el número.
«Es la misma regla con otro número». Es el error que el ejercicio busca, y explica por qué el ítem anterior insiste en el diseño.
«Una para diputados y otra para senadores». Falso. La ley de cupo comprendía al principio candidaturas a diputados, convencionales constituyentes y el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires, y pasó a alcanzar también al Senado después de 1994, cuando la reforma estableció la elección directa de senadores y elevó de dos a tres los representantes por provincia. La ley de paridad alcanza a las listas al Congreso de la Nación y al Parlasur.
«La segunda es una recomendación». Falso, y además invierte el sentido del cambio: se pasó a la paridad precisamente porque el piso del 30 % se había vuelto un techo.
c) Descriptiva y sustantiva: dos criterios, no dos etapas
La distinción viene de Hanna Pitkin y confundirla es el error más común de la unidad:
sustantiva: lo relevante es la ACTUACIÓN del representante y ante quién responde. Importa qué hace.
No son dos grados de lo mismo ni dos etapas de un proceso. Son dos criterios distintos para decidir cuándo una institución representa, y se puede tener mucha de una y poca de la otra.
Decir «hay muchas diputadas, entonces hay representación sustantiva» es exactamente el salto que Caminotti convierte en hipótesis a poner a prueba. Y la pone: cita investigaciones que muestran, para la Argentina, que entre 1989 y 2007 las legisladoras presentaron el 79 % de los proyectos sobre cuotas de género, el 80 % de los de derechos reproductivos y el 69 % de los de violencia de género. Eso es evidencia a favor de la hipótesis, no una demostración de que se siga de la definición — y la misma autora marca un hallazgo incómodo: la agenda legislativa aparece dividida por géneros, y los temas tipificados como «femeninos» tienen menor jerarquía que economía, presupuesto o relaciones exteriores.
«Son incompatibles». Inventa una oposición que ninguna autora sostiene.
«La sustantiva depende de las características personales». Da vuelta las definiciones: en la sustantiva las características personales del representante son lo que no importa; lo que importa es qué hace y ante quién responde.
Ejercicio 7 — Derechos nuevos, máquina vieja 9 puntos
En un país imaginario que salió de una dictadura hace treinta años, una reforma constitucional incorporó un catálogo extenso de derechos nuevos con jerarquía constitucional y dejó prácticamente intacta la parte que organiza el poder. En los años siguientes, organizaciones de distinto tipo dejaron de plantear sus reclamos como pedidos al gobierno de turno y empezaron a plantearlos como derechos exigibles ante los tribunales; varias consiguieron sentencias favorables. En el mismo período, el recurso a consultas populares para decidir esos mismos asuntos fue cayendo. Una de esas organizaciones no presenta candidatos ni busca ocupar cargos: lo que quiere es que su reclamo se convierta en política pública.
- a) ¿Cómo leería Gargarella una reforma que amplía mucho la lista de derechos y deja intacta la organización del poder?
- b) ¿Cómo se explica que, mientras los reclamos se judicializaban, el recurso a las consultas populares cayera?
- c) La organización que no presenta candidatos ni busca cargos, ¿qué es, y qué la distingue de las figuras con las que se la confunde?
a) La sala de máquinas
Toda constitución tiene dos partes: la dogmática, que es la lista de derechos y garantías, y la orgánica, que organiza el poder — y «orgánica» viene de órganos, los órganos del Estado. A la segunda, Gargarella la llama la sala de máquinas.
Su tesis: las reformas constitucionales latinoamericanas de las últimas décadas ampliaron mucho la parte dogmática y dejaron casi intacta la orgánica. El resultado es que los derechos nuevos quedan dependiendo de los mismos poderes concentrados de siempre, que son los que deciden si se implementan y con qué presupuesto.
La distinción que más se pierde: estar reconocido no es estar garantizado. Que un derecho tenga jerarquía constitucional no dice nada sobre si hay organismo, partida presupuestaria o voluntad para cumplirlo.
«La reforma fue inútil». Es la mala lectura más frecuente, y Gargarella dice lo contrario de manera expresa: reconoce que el giro fue significativo en términos legales, simbólicos y políticos. Su crítica es que solo no alcanza, no que no sirva. Una respuesta que le atribuye el desprecio por los derechos no reprodujo su argumento.
«La sala de máquinas es el Ejecutivo». Reduce la metáfora a una institución. La parte orgánica incluye además las mayorías legislativas, los controles, el sistema electoral, la justicia y el propio procedimiento de reforma.
«Es un caso aislado». Gargarella lo plantea como un patrón regional, y ése es justamente el peso del argumento: si el mismo fenómeno aparece en todos los países que reformaron su constitución, la explicación no puede ser un acuerdo político local.
b) El efecto que nadie espera
Después de la dictadura, los reclamos sociales aprendieron a hablar el idioma del derecho: dejaron de pedirle al gobierno y pasaron a exigirle a los tribunales. Delamata describe un efecto contraintuitivo de ese aprendizaje: como los reclamos se fundan en derechos indisponibles —cosas que, por definición, no están sujetas a que una mayoría decida sobre ellas—, el recurso a las consultas populares fue quedando desplazado. La movilización sociolegal no amplió la participación ciudadana directa. Y eso no es un juicio sobre si está bien o mal: es una consecuencia del tipo de argumento que se usa.
«La ciudadanía perdió interés». Postula una causa externa y desconectada, cuando el texto explica la caída por la judicialización.
«El reclamo queda resuelto». Es la trampa del tema: la autora advierte expresamente que un derecho incorporado a la política pública no siempre se traduce en obligaciones de cumplimiento efectivas. Entrar no es cumplirse — que es el mismo punto de Gargarella en el ítem anterior.
«El repertorio es una lista fija». Es la mala lectura del concepto de Tilly. Un repertorio no es un catálogo de formas de protesta: es el producto del cruce entre la experiencia acumulada de los actores y las estrategias de las autoridades. Por eso es histórico y por eso cambia.
c) Movimiento, partido, coalición, grupo de presión
movimiento social — no busca cargos: busca que un reclamo se vuelva política pública.
coalición — acuerdo ENTRE PARTIDOS para competir o gobernar.
grupo de interés — comparte un interés y se organiza; se lo llama de presión cuando actúa sobre la autoridad pública.
«Un partido en formación». Es la definición equivocada más difundida. El objetivo es distinto, no el grado de organización: un movimiento puede estar muy organizado y seguir sin querer cargos.
«Una coalición». Una coalición es un acuerdo entre partidos. Reunir gente detrás de un objetivo común no alcanza para que algo sea una coalición.
«Un grupo de presión». La opción inventa una regla de exclusión que no existe: actuar sobre la autoridad pública no expulsa a nadie de la categoría de movimiento social. Todo lo contrario, es lo que los movimientos hacen.
Ejercicio 8 — La ley está sancionada 12 puntos
En un país imaginario, el gobierno anuncia un programa de conexión de hogares a la red de agua potable, y la ley que lo crea se sanciona con amplia mayoría. Dos años después, el organismo encargado de ejecutarla no había contratado a los técnicos previstos, no tenía el registro de hogares sin conexión y llevaba tres cambios de autoridades; las obras terminadas eran una fracción de las comprometidas. Mientras tanto, la cámara de empresas del sector y el sindicato de la actividad habían participado de reuniones con el área durante la redacción del proyecto, y varias de sus observaciones quedaron incorporadas al texto; ninguna de las dos organizaciones presentó nunca candidatos a ningún cargo. Se siguió negociando el alcance del programa después de que empezaran las primeras obras, y el gobierno nunca encargó una evaluación. Consultado por la prensa, un funcionario respondió que el programa «ya está en marcha, porque la ley está sancionada».
- a) ¿Qué error de análisis comete la respuesta del funcionario?
- b) El programa se decidió, se implementó a medias, nunca se evaluó, y se siguió negociando su contenido cuando ya había empezado a ejecutarse. ¿Cómo hay que leer eso a la luz del ciclo de las políticas públicas?
- c) La cámara de empresas y el sindicato participaron de las reuniones del área y lograron incorporar observaciones al texto del proyecto. ¿Cómo se los clasifica?
a) Decidir no es hacer
Entre decidir una política y que la política ocurra hay un aparato administrativo, y el caso describe con detalle un aparato que no puede: sin técnicos contratados, sin el registro de destinatarios, con tres cambios de autoridades en dos años. Una política decidida y no ejecutada no produce efectos, por más que exista en el boletín oficial.
Y el segundo punto, que es el que más se saltea: la capacidad estatal no se decreta. Se construye o se destruye a lo largo de años, y la administración que un gobierno recibe es la que le dejaron los anteriores. Un Estado puede tener muchísima autoridad legal y muy poca capacidad de ejecución: son dos cosas distintas y pueden ir por separado.
«Confundir la agenda con la formulación». Contradice el caso: hubo formulación, y bastante — se redactó un proyecto, se negoció su contenido y se incorporaron observaciones.
Las otras dos opciones están escritas al revés a propósito, y hay que leerlas hasta el final para verlo: el ciclo sí es un modelo analítico y no una cronología, y las políticas públicas sí son del Estado y sí suelen sobrevivir al gobierno que las firmó. Cada opción afirma una cosa verdadera y le pega una segunda mitad que la niega.
b) El ciclo es un modelo, no un cronograma
Las cinco etapas —agenda, formulación, decisión, implementación, evaluación— sirven para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de una política. No sirven como calendario. En el caso pasa todo lo que pasa en la realidad: se superponen (se sigue negociando la formulación mientras ya se implementa), se saltean (nunca hubo evaluación) y las etapas anteriores dejan una deuda que la siguiente no puede pagar.
Es un error de lectura tan frecuente que conviene tener el antídoto a mano: los autores de la materia lo señalan retomando una advertencia de Oszlak y O'Donnell de 1976, sobre el hábito de estudiar las políticas como unidades discretas, separadas del contexto. Ninguna política arranca de cero: llega a un Estado con un aparato de cierta forma, una coalición de gobierno de cierta composición y políticas anteriores que ya dejaron beneficiarios organizados. A eso se lo llama dependencia de la trayectoria.
«No llegó a ser una política pública». Aplica el modelo como si fuera una definición con requisitos. Una política decidida y mal implementada es una política pública, y una mala. Es más: no intervenir también es una toma de posición y también produce efectos.
«El ciclo está mal formulado». El problema no es el orden de las etapas sino creer que hay un orden obligatorio.
«El caso confirma el ciclo». Es la opción más tentadora porque termina en algo verdadero —el programa efectivamente fracasó—, y el razonamiento que la sostiene está al revés: no fracasó por saltear etapas de un modelo, sino por falta de capacidad de ejecución.
c) Grupo de interés y grupo de presión son el mismo grupo
grupo de presión — ese mismo grupo CUANDO ACTÚA sobre la autoridad pública para influir en una decisión.
No son dos especies distintas de animal: es el mismo animal en dos momentos. La cámara que organiza cursos para sus socios es un grupo de interés; la misma cámara reunida con el área para pedir un cambio en el texto está actuando como grupo de presión.
Y lo que los separa de un partido no es el tamaño ni el tema: es que no compiten por ocupar cargos de gobierno. El enunciado aclara que ninguna de las dos organizaciones presentó nunca candidatos, y ese dato está puesto para que la clasificación se pueda hacer con el caso en la mano.
Vale la pena notar que el caso muestra una vía informal de influencia, que es la que suele quedar afuera de los apuntes: acceso a la burocracia durante la formulación. Freytes insiste en que junto a las asociaciones formales operan la designación de expertos afines al frente del área, las redes personales y los aportes de campaña — y advierte que lo que los empresarios hacen en política se ve poco, lo que vuelve difícil reconstruir por dónde pasó cada decisión.
«Son organizaciones de otra especie». Es la trampa exacta de este ítem, y la respuesta es que la diferencia es de momento, no de tipo.
«Partidos sectoriales». Influir en una ley no convierte a nadie en partido. Freytes observa además que, históricamente, los empresarios argentinos no desarrollaron un instrumento partidario propio: eligieron otras vías.
«Neocorporativismo sin sindicatos». Falso por definición: el neocorporativismo es precisamente la convergencia de Estado, sindicatos y empresarios. Etchemendy y Collier llamaron neocorporativismo segmentado al patrón argentino de 2003-2011, donde el Estado aparece como mediador y coordinador, fijando una pauta que funciona como piso para la negociación de cada actividad; es segmentado porque cubre al sector formal y no al conjunto del mundo del trabajo.
Ejercicio 9 — Dos casos breves 8 puntos
Caso I. En una red social, un usuario publica una foto con una afirmación equivocada sobre un hecho del día. El contenido coincide con lo que su comunidad ya venía sospechando y se comparte decenas de miles de veces: primero porque lo reenvía una cuenta con muchísimos seguidores que sigue a muy pocos, y después porque cada contacto lo reenvía a los suyos, que lo reenvían a los suyos. Cuando el usuario descubre el error, borra la publicación y difunde una rectificación, que se comparte una decena de veces. Caso II. Cuatro Estados vecinos firman un acuerdo por el cual eliminan los aranceles entre ellos y fijan un arancel común frente a los productos que vienen de terceros países. No crean ningún órgano permanente: cada decisión la toman por consenso los ministros de los cuatro gobiernos, reunión por reunión, y cualquiera de los cuatro puede no aplicar lo acordado.
- a) Caso I. Según Calvo y Aruguete, ¿por qué la rectificación no viajó tan lejos como el error?
- b) Caso II. ¿En qué etapa de integración económica está ese acuerdo, y alcanza para llamarlo integración regional en sentido estricto?
Caso I — por qué la corrección no viaja
El tema no es un sermón sobre las redes: es un mecanismo, y vale igual para los contenidos falsos y para los verdaderos. Tiene cuatro piezas, y el caso las trae todas.
Preactivación. El contenido coincidía con lo que la comunidad ya venía sospechando. Preactivar no es inocular ni manipular: los contenidos preactivados ya estaban entre los argumentos plausibles de esa persona; la preactivación los vuelve más accesibles, no los implanta.
Razonamiento motivado. Cuando ya tenemos una conclusión en la cabeza, damos por buena la evidencia que la sostiene. Los autores subrayan que no es una maniobra cínica: es una búsqueda de buena fe que toma el atajo hacia la respuesta que ya esperaba encontrar. Y agregan el dato que explica la asimetría: convencer a alguien de abandonar una creencia exige mucha más evidencia que confirmársela.
Los dos mecanismos de difusión, que son de tipo distinto. La cuenta con muchísimos seguidores que sigue a pocos es una autoridad de la red: una posición en la estructura, no una jerarquía de contenido ni un cargo. Aumenta la exposición de golpe. El reenvío de contacto en contacto es la activación en cascada: no agrega alcance de una vez, agrega frecuencia, la repetición con que el contenido vuelve a aparecer. La publicación original tuvo los dos; la rectificación, ninguno.
Y la explicación de por qué no tuvo ninguno no es que la gente prefiera lo falso. Es que la rectificación no le servía a nadie: ni a quienes se oponían al mensaje original ni a quienes lo habían promovido. Un contenido viaja cuando alguien gana algo compartiéndolo, aunque ese algo sea sólo pertenecer.
«La gente prefiere lo falso». Es la lectura que el texto descarta explícitamente, y además no explica nada: no dice por qué esta corrección no circuló.
«Fue manipulado». Es la mala lectura de preactivar. Los autores son expresos: el usuario no actuó como un autómata manipulado, sino como alguien predispuesto a encontrar cierta evidencia.
«Los dos mecanismos producen el mismo efecto». Confunde exposición con frecuencia, que es justo la distinción que el tema pide hacer; y agrega una causa temporal que el texto no da.
Caso II — hasta dónde llega un acuerdo
Las cuatro etapas de la integración económica, en orden y sin saltear ninguna:
unión aduanera — + arancel común frente a terceros.
mercado común — + libre circulación de capital y trabajo.
unión económica — + moneda y política monetaria únicas.
El caso describe las dos primeras: aranceles internos eliminados y arancel común externo. Eso es una unión aduanera. No hay una palabra sobre circulación de personas ni de capitales, así que no llega a mercado común.
Y la segunda mitad de la pregunta, que es la que decide. Siguiendo a Haas, y con el agregado de Malamud y Schmitter, la integración regional exige que los Estados resignen atributos reales de soberanía y levanten instituciones comunes que duren en el tiempo y cuyas decisiones obliguen a todos los socios. Acá no hay ningún órgano permanente, cada decisión se toma reunión por reunión y cualquiera puede no aplicar lo acordado. Entonces hay comercio y cooperación, no integración en sentido estricto.
«Es un mercado común». Saltea una etapa. Actuar como una sola entidad frente a terceros es exactamente lo que define a la unión aduanera; el mercado común agrega los factores productivos.
«Es supranacional». Da vuelta la distinción. Un órgano intergubernamental está integrado por miembros de los poderes ejecutivos nacionales — que es literalmente lo que describe el caso. Un órgano supranacional es el que no les rinde cuentas a los gobiernos miembros.
Un cierre que conviene tener a mano para cualquier pregunta de este tema: en América Latina la integración fue, según Malamud, por oferta y no por demanda — faltaron los intereses transnacionales que empujan desde abajo, y fueron los Estados los que fijaron tiempos y formas. Como quien decide es el poder ejecutivo, y la política exterior es su terreno más autónomo, un bloque que avanza por decisión presidencial también puede frenarse por decisión presidencial. La integración regional no es un proceso externo que le pasa a los países: es el resultado de decisiones que se toman puertas adentro.
Leerlo resuelto no es lo mismo que rendirlo. Acá lo podés hacer entero sin que te corrija nada hasta entregarlo, igual que en el aula, y recién ahí te dice la nota, cómo se resolvía cada ejercicio y a qué temas te conviene volver.
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