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Sociedad y Estado · Unidad 3 — El Estado de bienestar y su crisis

La crisis de los setenta

A mediados de los setenta se dieron vuelta todos los indicadores de la edad de oro, y sobre el mismo hecho se montaron diagnósticos incompatibles: unos leyeron un problema de plata, otros un problema de consenso.

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La explicación

Qué se rompió

A partir de mediados de los setenta los indicadores económicos empiezan a mostrar una reversión en producción, productividad, empleo y estabilidad de precios. La productividad de los países de la OCDE venía declinando lentamente hasta 1973, cayó profundamente en 1974-1975, se recuperó entre 1976 y 1978 hasta los niveles de 1973 y se volvió negativa hacia 1980. Comparando la década del sesenta con el período 1974-1980, el deterioro aparece en los tres indicadores a la vez: menos producción, más inflación, más desempleo.

Algunos autores la presentan como una crisis de acumulación, y la contrastan con la de fines de los años veinte: aquélla se caracterizó por sobreacumulación o subconsumo; ésta obedecería más bien a una debilidad del proceso de inversión. No es que sobre producto y falte quien lo compre: es que no se invierte.

Las cuentas del Estado

Mientras tanto, el gasto social había venido creciendo sin pausa. Entre comienzos del siglo XX y 1960, el gasto social como porcentaje del gasto público pasó de 30% a 62% en Alemania, de 20% a 47% en Inglaterra y de 30% a 53% en Suecia. Y en 19 países de la OCDE, el gasto público social pasó de 13,1% del PBI en 1960 a 25,6% en 1975: se duplicó en quince años.

Sobre eso se apoya el diagnóstico de la crisis fiscal del Estado (O'Connor): desde fines de los años sesenta los gastos del gobierno tienden a aumentar más rápido que los ingresos. El déficit provoca inestabilidad económica, inflación e inestabilidad social, y —éste es el punto fino— reduce la posibilidad de usar el bienestar para generar consenso respecto del sistema político. Algunos Estados se vieron obligados a limitar las intervenciones asistenciales, y el aumento de la carga fiscal generó en amplios sectores de la opinión pública una actitud favorable a volver a prestaciones basadas en el principio de contratación.

Leelo despacio, porque es la trampa del tema: la crisis fiscal no es solamente que falte plata. Es que la herramienta con la que el Estado compraba consenso se volvió ella misma una fuente de descontento. El que la paga se enoja tanto como el que no la recibe.

La población que envejece

La demografía aparece en el tema, pero conviene ponerla en su lugar exacto. Regonini observa que el porcentaje de ancianos y la antigüedad del sistema de administración social están en relación con la amplitud de las políticas de bienestar, aunque esas políticas dependen a su vez del desarrollo económico de cada nación. E Isuani agrega un dato estructural: todo sistema de pensiones requiere mucho tiempo para madurar, tanto que es impensable que alguien lo haya diseñado para estimular la demanda efectiva de hoy, porque su impacto recién se siente veinte o treinta años después.

De ahí se sigue el problema: un sistema diseñado cuando había muchos activos por cada pasivo se vuelve caro cuando esa proporción se achica, y no se puede apagar, porque el derecho ya está adquirido.

Ninguno de los dos autores pone la demografía en el centro de la explicación: está como factor, no como causa principal. Si en un parcial la usás como explicación única de la crisis, te estás comiendo el argumento del texto.

Las hipótesis que compitieron

Isuani repasa varias explicaciones y las va midiendo contra la evidencia. Vale la pena seguir el orden, porque el orden es el argumento.

La hipótesis que Isuani sostiene

Bajo el patrón oro, los gobiernos priorizaban el valor de su moneda sobre los objetivos macroeconómicos internos, y estaban dispuestos a ajustar sobre sus propias poblaciones en forma de deflación y desempleo. Con el Estado keynesiano eso se volvió prácticamente imposible: la vigencia del pleno empleo y de las instituciones democráticas elevó la fuerza social y política de los asalariados, que quedaron en condiciones de no aceptar el costo de un deterioro de los términos de intercambio, una devaluación o un aumento del precio de la energía.

El resultado fue una lucha distributiva de gran intensidad. Y como nadie estaba dispuesto a ceder, esa lucha se expresó en inflación. Aplicar recesión prolongada tenía costos altísimos: para los empresarios, que en un contexto de competencia internacional creciente arriesgaban sus ventajas tecnológicas; y para el Estado, en producción, empleo y legitimidad política. Por eso, dice Isuani, la inflación reemplazó a la recesión como reaseguro del capital frente a las presiones distributivas.

Kalecki lo había advertido en 1943, treinta años antes: el pleno empleo podía ser, a mediano o largo plazo, un obstáculo para un crecimiento estable, porque la pérdida del efecto disciplinador del miedo al desempleo fortalecería el poder de negociación de los asalariados y eso erosionaría la inclinación a invertir, sea por compresión de las ganancias o por presiones inflacionarias. Que la advertencia sea anterior a la edad de oro es lo que le da fuerza al argumento: no es una explicación inventada después del hecho.

Financiamiento o legitimidad: las dos lecturas

Regonini organiza la discusión de otra manera, y ésta es la parte que más se pregunta. Todos los investigadores coinciden en un punto de partida: el Estado de bienestar rompió la separación entre sociedad (el mercado, la esfera privada) y Estado (la política, la esfera pública) tal como se había constituido en la sociedad liberal. Durante los sesenta esa nueva relación se leía en términos de equilibrio y compromiso. Desde fines de los sesenta se la empieza a leer como crisis, y ahí se abren dos interpretaciones que apuntan en direcciones opuestas:

Mirá la simetría, porque es exactamente lo que se pregunta. Las dos lecturas parten del mismo hecho —se borró el límite entre Estado y sociedad— y le asignan direcciones contrarias: en una, el Estado se come a la sociedad; en la otra, la sociedad desborda al Estado. Y por eso proponen salidas opuestas: la primera quiere más sociedad civil; la segunda, instituciones más blindadas frente a la sociedad civil.

El cierre de Regonini es honesto y conviene copiarle el gesto: los análisis más complejos admiten que los dos procesos existen. Y lo que la contraposición demuestra, dice, es otra cosa: que el crecimiento del Estado de bienestar en cien años fue tan profundo que las categorías clásicas de "Estado" y "sociedad" ya no alcanzan para describirlo.

¿Y en qué queda la pregunta de si fue financiamiento o legitimidad?

Las dos cosas están sobre la mesa, y no son la misma. La lectura de financiamiento se apoya en la crisis fiscal: el gasto crece más rápido que la recaudación y el déficit se vuelve insostenible. La lectura de legitimidad se apoya en la sobrecarga y en la disolución del consenso: el problema no es que no haya plata sino que el Estado ya no logra procesar lo que se le pide ni sostener el apoyo al sistema.

Y la respuesta de Isuani no cae en ninguno de los dos casilleros: para él el problema central estaba en el mercado de trabajo —en el poder que el pleno empleo le dio a los asalariados—, y no en las cuentas del Estado de bienestar. Por eso puede sostener, con la evidencia de 21 países de la OCDE entre 1965 y 1981, que la asociación entre gasto público e inflación no aparece por ningún lado.

Ejemplo resuelto

Un titular de 1978 dice: "El déficit se disparó porque el gasto social creció sin control, y por eso hay inflación. Hay que recortarlo." Evaluá la afirmación con lo que dicen los textos de la unidad.

Paso 1 — separar lo que la frase afirma. Hay tres afirmaciones encadenadas: (i) el gasto social creció mucho; (ii) ese crecimiento causó el déficit; (iii) el déficit causa la inflación. Conviene evaluarlas de a una, porque no tienen el mismo respaldo.

Paso 2 — (i) es cierta, y con números. El gasto público social de 19 países de la OCDE pasó de 13,1% del PBI en 1960 a 25,6% en 1975. Se duplicó en quince años. Hasta acá el titular no dice nada falso.
Paso 3 — (ii) es un salto. Lo que sostiene O'Connor es que los gastos del gobierno crecieron más rápido que los ingresos. Eso es una relación entre dos series, no la identificación de un culpable: la brecha se puede cerrar por arriba o por abajo, y la afirmación de que el problema está del lado del gasto y no del lado de la recaudación hay que fundamentarla aparte. Isuani agrega un dato que complica todavía más el titular: entre 1974 y 1981 el gasto social de la OCDE siguió creciendo, pero el gasto público total creció todavía menos. O sea que lo más recortado no fue el gasto social sino el gasto público no social.
Paso 4 — (iii) es la que la evidencia no acompaña. Un trabajo sobre 21 países de la OCDE entre 1965 y 1981 no encuentra evidencia de la asociación entre gasto público e inflación. Y en 1979-1981 aparece una débil correlación negativa: los países con mayor gasto público tenían las tasas de inflación más bajas.

Paso 5 — qué explicación queda en pie. Para Isuani la inflación de esos años expresa una lucha distributiva que no se podía resolver por recesión, porque el pleno empleo y las instituciones democráticas habían elevado el poder de los asalariados y aplicar desempleo prolongado era demasiado caro para las empresas y para el Estado. La inflación ocupó el lugar que antes ocupaba la recesión.

Conclusión: el titular no es un disparate —la primera afirmación es verdadera y hay un problema fiscal real—, pero el eslabón que necesita para justificar el recorte es justamente el que la evidencia citada en la unidad no sostiene. Ésa es la forma de contestar esta clase de consignas: no "es falso", sino qué parte se sostiene, qué parte es un salto y con qué dato se lo discute.

Dónde se cae la mayoría

Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 6 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.

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@soytiza.ok