Sociedad y Estado · Unidad 4 — Régimen político: democracia y autoritarismo
Las dos transformaciones de la democracia
La democracia nació en la polis y después cambió de escala —de la ciudad-Estado al Estado nacional—, y en ese salto ganó alcance y perdió intensidad: entendé qué se ganó y qué se perdió y el capítulo entero queda ordenado.
La explicación
La primera transformación: la ciudad-Estado democrática
En la primera mitad del siglo V a.C. ocurrió en Grecia (y en Roma) un cambio que Dahl compara con la invención de la rueda: varias ciudades-Estado que desde siempre habían sido gobernadas por aristócratas, oligarcas o tiranos se convirtieron en sistemas donde una cantidad sustancial de varones adultos libres tenía derecho a participar directamente en el gobierno, en calidad de ciudadanos.
Para el griego, la polis no era un lugar donde uno vive: era la asociación en la que un ser humano se vuelve plenamente humano. El ciudadano era un ser total para quien la política no estaba separada del resto de la vida por ninguna línea. Su virtud consistía en empeñarse, en las cuestiones públicas, por el bien de la polis; y una buena polis era la que produce buenos ciudadanos. Eso explica por qué el bien común no era un adorno del sistema sino su motor.
Los seis requisitos de la democracia griega
Dahl reconstruye seis condiciones que, según esa visión, había que satisfacer:
- 1. Los ciudadanos debían tener intereses suficientemente armónicos, de modo de compartir un fuerte sentimiento del bien general que no chocara con sus intereses personales.
- 2. Por eso mismo, debían mostrar un alto grado de homogeneidad: sin grandes diferencias de riqueza, de tiempo libre, de religión, de idioma, de instrucción o de origen, que generarían conflictos sobre el bien público.
- 3. Debían ser pocos: idealmente menos que los cuarenta o cincuenta mil de la Atenas de Pericles. Por tres razones: evita la heterogeneidad, permite que cada uno conozca su ciudad y a sus compatriotas, y hace posible la participación conjunta como gobernantes soberanos.
- 4. Debían poder reunirse para decidir directamente las leyes y las medidas políticas. El gobierno representativo les resultaba casi inconcebible.
- 5. La participación no se agotaba en la Asamblea: incluía la administración de la ciudad. En Atenas se cubrían más de mil cargos públicos, casi todos por sorteo, por un año y una sola vez en la vida.
- 6. La ciudad-Estado debía ser completamente autónoma: autosuficiente en lo político, lo económico y lo militar. Por eso la democracia quedaba atada a la frugalidad y no a la opulencia.
Las limitaciones, que no son un detalle moral
La ciudadanía griega era exclusiva en lugar de inclusiva, y lo era en dos sentidos:
- Hacia adentro: se le negaba la ciudadanía plena a buena parte de la población adulta —las mujeres, los «metecos» (extranjeros residentes, a veces desde hacía generaciones) y los esclavos—. Desde el año 451 a.C. hizo falta que ambos progenitores fueran ciudadanos atenienses: la ciudadanía pasó a ser un privilegio hereditario.
- Hacia afuera: la democracia no existía entre los griegos, sólo dentro de cada polis. Esa convicción condenó de antemano cualquier intento de unir varias ciudades en una entidad mayor: transferir la autoridad a una liga permanente significaba, para ellos, dejar de ser una democracia.
La segunda transformación: de la ciudad-Estado al Estado nacional
Durante más de dos mil años el pensamiento político occidental dio por sentado que un Estado democrático o republicano tenía que ser pequeño. La segunda transformación consistió en desplazar la idea de democracia desde la ciudad-Estado al ámbito mucho más vasto de la nación. Dahl señala tres fuentes que lo hicieron posible, además de la griega:
- La tradición republicana. No tiene su modelo en Atenas sino en Esparta, Roma y Venecia, y se apoya en Aristóteles —el crítico más notable de la democracia griega—. Comparte con los griegos que el hombre es por naturaleza un animal político, que un hombre bueno debe ser un buen ciudadano, que la virtud cívica es la predisposición a procurar el bien de todos, y que ningún sistema político es legítimo si excluye al pueblo del gobierno. Difiere en un punto: desconfía profundamente de la concentración de poder. Su primera solución fue el gobierno mixto (una constitución que equilibre los intereses de uno, de los pocos y de los muchos); cuando ese esquema se volvió impracticable en una república democrática —¿quiénes serían «los pocos» sin aristocracia hereditaria?—, lo reemplazó por la separación de poderes en legislativo, ejecutivo y judicial, popularizada por Montesquieu.
- El gobierno representativo. Acá está el dato que más sorprende: la representación no fue un invento de los demócratas. Se desarrolló a partir de una institución medieval de gobierno monárquico y aristocrático —las asambleas que los monarcas convocaban con los nobles para tratar impuestos, guerras y sucesiones, en Inglaterra y Suecia—. Los griegos jamás crearon un sistema representativo estable y Rousseau todavía la rechazaba en El contrato social; Montesquieu, en cambio, argumentó que en un Estado grande es imposible reunir a todos y hay que elegir representantes. La amalgama entre democracia y representación es lo que destrabó la escala.
- La lógica de la igualdad política. El Principio Categórico de la Igualdad: los miembros de una asociación creen que ninguno de ellos, y ninguna minoría entre ellos, está tan claramente más capacitado como para que se le permita gobernar sobre todo el resto; por el contrario, se consideran igualmente calificados para participar en pie de igualdad. Dos rasgos importantes: apareció una y otra vez en pueblos que no sabían nada de la democracia griega ni del republicanismo (asambleas tribales, gremios ingleses, el Althing islandés del año 930, comunidades alpinas); y se aplicó con frecuencia de manera muy excluyente —los atenienses y los nobles venecianos lo sostenían con firmeza, pero sólo para sí mismos—.
Las ocho consecuencias del cambio de escala
Dahl las enumera así, y conviene leerlas como ganancias y pérdidas al mismo tiempo:
- 1. Representación: los representantes sucedieron a la asamblea de ciudadanos.
- 2. Extensión ilimitada: caída la barrera del tamaño, ningún país es demasiado extenso ni ninguna población demasiado numerosa. No hay un límite superior teórico.
- 3. Límites a la democracia participativa: algunas formas de participación quedan inherentemente más limitadas que en la ciudad-Estado. Un ciudadano de un país grande no puede participar tan plenamente como el miembro medio de un demos chico.
- 4. Diversidad: a mayor escala, más diversidad de lealtades, identidades, religiones, ideologías y estilos de vida. La ciudadanía homogénea de la polis se volvió imposible.
- 5. Conflicto: como consecuencia de la diversidad, el conflicto político pasó a ser aceptado como un rasgo normal y no aberrante de la vida política. Antes las facciones se juzgaban destructivas; Madison argumentó en la Convención de 1787 que el mejor remedio contra los recelos entre facciones era, justamente, el aumento del tamaño.
- 6. Poliarquía: el conjunto de instituciones que distingue a la democracia representativa moderna de todos los demás regímenes, incluidas las democracias antiguas en pequeña escala (el tema de 4.2).
- 7. Pluralismo social y organizativo: existen grupos y organizaciones relativamente autónomos. La vieja idea monista, según la cual las asociaciones políticas autónomas eran innecesarias e ilegítimas, fue reemplazada por un sistema pluralista en el que son indispensables.
- 8. Expansión de los derechos individuales: en las poliarquías la cantidad y variedad de derechos individuales legalmente sancionados creció enormemente, y muchos de ellos —como el derecho a un proceso judicial ecuánime— no se limitan a los ciudadanos sino que alcanzan a toda la población.
«La democracia ateniense era más democrática que la nuestra, porque la gente decidía directamente». Evaluá la afirmación usando lo que dice Dahl.
La afirmación no es ni verdadera ni falsa: mezcla dos cosas que hay que separar, y separarlas es el ejercicio.
Respuesta armada: la afirmación confunde intensidad con extensión. La democracia griega era más intensa para quienes estaban adentro; la moderna es incomparablemente más inclusiva y reconoce derechos que aquella no concebía. El cambio de escala fue un intercambio, no una mejora en todas las variables — y decir eso, con las dos mitades, es lo que la pregunta busca.
Un cierre que suma: Dahl agrega que la visión griega era además un ideal, y que la práctica ateniense real quedaba bastante por debajo de él: probablemente sólo una minoría asistía a la Asamblea, las facciones basadas en el parentesco y la amistad pesaban mucho, y la mayoría de los discursos los pronunciaba un puñado de dirigentes. Comparar nuestra práctica con el ideal de ellos es hacer trampa en la comparación.
Alguien propone reemplazar al Congreso por consultas populares digitales permanentes: cada ley se votaría desde el celular. Evaluar la propuesta con los argumentos a favor y en contra de la representación.
Los argumentos a favor de la propuesta, que hay que reconstruir con seriedad antes de objetarlos:
· elimina el problema del representante que traiciona su plataforma
· es más barato que sostener un cuerpo legislativo
· la tecnología resuelve el obstáculo que hacía inviable la
democracia directa en sociedades grandes
Ese último punto es el que da fuerza a la propuesta: la representación se justificó históricamente por un problema práctico —no entran millones de personas en una plaza— y ese problema, en apariencia, ya no existe.
Las objeciones, que son cinco y ninguna es tecnológica:
1. Quién fija la agenda. Votar es el último paso. Antes hay que decidir qué se vota, cómo está redactada la pregunta y cuándo se somete. Si eso lo decide alguien, ese alguien tiene más poder que los votantes.
y pasa a manos que nadie eligió
2. No hay deliberación. Un cuerpo legislativo no solo vota: discute, escucha, recibe expertos, negocia y modifica los proyectos. Una consulta binaria por sí o por no elimina toda esa etapa, y con ella la posibilidad de mejorar el texto o de encontrar una solución intermedia.
3. El problema de las minorías intensas. Este es el más serio.
sobre una minoría a la que le va la vida en ese tema
En un cuerpo representativo eso se procesa con intercambios entre temas: un bloque cede en lo que no le importa a cambio de lo que sí. Esa negociación, que desde afuera se lee como componenda, es lo que protege a los grupos que nunca serán mayoría.
4. Competencia técnica y tiempo. Legislar sobre un régimen tributario, una ley de quiebras o un marco regulatorio de telecomunicaciones exige estudiar el tema. La representación es también división del trabajo: unos pocos se dedican a tiempo completo a lo que los demás no pueden.
5. Manipulación y desigualdad en la participación. Quien participa en una consulta permanente no es una muestra de la población: es quien tiene tiempo, conexión e interés. Y campañas de desinformación pueden mover el resultado de una votación decidida en pocos días, sin ningún filtro institucional en el medio.
La objeción que resume a las otras cuatro:
es un mecanismo que hace cosas que el voto directo no hace
Qué habría que responderle a la propuesta, entonces. No que es inviable técnicamente —es viable— sino que resuelve un problema que no era el principal y elimina mecanismos que sí hacían falta.
La salida razonable, que es lo que existe en varios países: combinar. Mantener el cuerpo representativo para legislar, y agregar mecanismos de democracia semidirecta para casos acotados: consulta popular vinculante sobre temas de gran alcance, iniciativa popular para forzar el tratamiento de un proyecto, revocatoria de mandato. Cada uno con reglas sobre quién convoca, qué se puede preguntar y con qué mayoría.
El contrapunto con la asamblea ateniense, por si el parcial lo pide: era directa pero sobre una ciudadanía muy restringida —quedaban afuera las mujeres, los esclavos y los extranjeros residentes— y los cargos se sorteaban entre esa minoría. Comparar "más democrático" entre los dos sistemas exige decir antes en qué dimensión: participación directa o inclusión de la ciudadanía.
Dónde se pierde el punto: rechazar la propuesta diciendo que "la gente no está preparada". Es un argumento elitista y además débil: el problema no es la capacidad de los ciudadanos sino la ausencia de agenda, deliberación y protección de minorías, que son propiedades del mecanismo, no de las personas.
Dónde se cae la mayoría
- Contar las dos transformaciones como un progreso lineal en el que todo mejora. Dahl muestra un intercambio: se gana escala y derechos, se pierde intensidad de participación y homogeneidad.
- Creer que la representación es un invento democrático. Viene de las asambleas medievales convocadas por monarcas con la nobleza; recién después se amalgamó con la democracia, y esa amalgama es lo que hizo posible la escala.
- Decir que la democracia griega era «más democrática». Era más intensa para quienes estaban adentro, y el adentro excluía a mujeres, metecos y esclavos: la ciudadanía era exclusiva, no inclusiva.
- Tomar el tamaño chico de la polis como una limitación técnica de la época. Era un requisito de la concepción griega: sin conocimiento mutuo y sin asamblea, para ellos no había democracia.
- Confundir los dos sentidos de «exclusiva». Hacia adentro excluía a la mayoría de los habitantes; hacia afuera impedía cualquier unión con otras ciudades. El segundo sentido es el que casi nunca se contesta.
- Suponer que el Principio Categórico de la Igualdad implica incluir a todos. Los griegos y los nobles venecianos lo sostenían con convicción, y lo aplicaban solamente a sí mismos.
Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 7 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.
Practicar Las dos transformaciones de la democracia →Dónde entra este tema en el parcial
- Primer parcial — Marvena, de la capital al norte15 puntos · resuelto paso a paso
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