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Sociedad y Estado · Unidad 7 — Derechos, género y movimientos sociales

Los derechos políticos de las mujeres

Entre la Ley Sáenz Peña y el voto femenino pasaron treinta y cinco años, y lo que explica la demora no es que faltara reclamo sino qué se discutía cada vez que se discutía el voto.

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La explicación

El dato que ordena el tema

Barrancos abre con una comparación que conviene tener fija: la habilitación formal de los derechos políticos de las mujeres demoró casi cuarenta años desde la Ley Sáenz Peña (1912), el lapso apenas matizado por la incorporación del voto en la Constitución de San Juan en 1927, una experiencia que se agotó en pocos años. El sufragio femenino nacional se sancionó en septiembre de 1947 (Ley 13.010) y se ejerció por primera vez en las elecciones de 1951.

Politización sin ciudadanía

El primer punto del texto es conceptual: la politización de las mujeres no se mide por el estatuto formal de la ciudadanía. Durante casi todo el siglo XIX no había una separación nítida entre lo público y lo doméstico, así que buena parte de las decisiones pasaba por escenarios que hoy no llamaríamos públicos: influir, aconsejar, persuadir. Barrancos habla de tramas de sentimientos y sensibilidades más que de acción racional con arreglo a fines.

Al mismo tiempo, el orden legal era explícito. El Código Civil de molde napoleónico consagraba la subordinación femenina, sin derecho siquiera a administrar los bienes propios, y descansaba en creencias muy extendidas sobre la inferioridad intelectual, física y moral de las mujeres. La construcción de los Estados modernos se apoyó en esos supuestos: la familia como base del Estado y las mujeres a cargo de la reproducción biológica de la nación.

Ojo con la trampa de lectura: que hubiera politización no significa que hubiera poder. Barrancos aclara que ni siquiera en el ámbito doméstico las mujeres decidían los aspectos centrales de la vida conyugal. Mandar en casa era, dice, material de caricatura.

Los tres principios rectores del feminismo

En el período que estudia, el feminismo sostuvo al menos tres:

Y los sostuvo con un argumento que hoy suena raro: la apelación a la naturaleza. Desde Seneca Falls (1848) en adelante, el reclamo se formulaba sin contrariar los "preceptos de la naturaleza", entendiendo que las diferencias naturales de sexo no implicaban el sometimiento del más débil. De ahí el peso del maternalismo: se pedía igualdad civil y política en nombre de la condición materna.

La contradicción que hay que saber nombrar. Se invocaba la excepcionalidad natural de lo femenino para pedir una igualación que, si se concretaba, borraba esa misma excepcionalidad. Barrancos anota además que las primeras militantes usaban las tesis contractualistas sin percibir —como después señaló Carole Pateman— que el contrato social era también un contrato sexual, y que para revocar el sometimiento hacía falta una teoría propia.

Quiénes empujaron

Los dos miedos simétricos. Los sectores más conservadores temían que el voto apartara a las mujeres de los deberes maternales; buena parte de los grupos "progresistas" temía que las mujeres votaran influidas por los curas y por maridos retardatarios. Barrancos señala a Francia como el caso donde mejor se ve esa especularidad: el sufragio femenino se resistía por derecha y por izquierda a la vez.

La saga, hito por hito

Por qué el voto y el divorcio iban juntos. Barrancos dice que eran cuestiones "sinergiales": las dos ampliaban la autonomía de las mujeres, y por eso se discutían en el mismo clímax parlamentario y encontraban la misma resistencia. Uruguay lo muestra por contraste: allí la reforma del divorcio de 1912 llegó a permitir que la sola voluntad de la mujer terminara el vínculo.

Eva Perón y el feminismo

Es la pregunta que más se toma, y hay que contestarla con precisión y sin épica de ningún signo. Barrancos sostiene dos cosas a la vez, y las dos importan:

Barrancos lee ahí una ambigüedad: un discurso colonizado por fuentes patriarcales, sostenido por alguien que ocupó un lugar excepcional en el reconocimiento de los derechos cívicos de las mujeres. Y una clave: el contrapunto entre las obligaciones domésticas y las responsabilidades políticas, que atraviesa todo el período.

De 1955 en adelante

Los tramos de vida democrática incompleta —con el peronismo proscripto— no fueron pródigos para la representación femenina: los partidos tradicionales casi no reconocían a sus propias militantes. Hubo designaciones aisladas en cargos altos, como Clotilde Sabatini al frente del Consejo Nacional de Educación y Blanca Stábile en una subsecretaría dedicada a la condición de las mujeres. Un dato que llama la atención: bajo la dictadura de Onganía, en 1968, un decreto igualó la capacidad jurídica de las mujeres y eliminó la tutoría del cónyuge sobre los bienes propios.

En los años 60 y 70 la politización contestataria alcanzó especialmente a los sectores más jóvenes, con participación femenina significativa. Bajo el terrorismo de Estado, la resistencia de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo representa, para Barrancos, el mayor desafío cívico del siglo pasado.

Desde 1983

La recuperación democrática trae de vuelta al movimiento feminista con otra agenda y otras posiciones —la violencia doméstica pasa al centro—. Y aparece una división de tareas que conviene ver: mientras las organizaciones de mujeres instalaban la cuestión de la violencia, fueron militantes de partidos políticos las que pidieron cambiar las reglas internas de sus propias fuerzas: reconocimiento pleno, cargos partidarios y lugares en las listas. De ahí sale, en 1991, la ley de cupo, que es el tema de 7.4.

El balance de Barrancos es doble: celebra la actuación en el Congreso y el hecho de que muchas mujeres pudieran construir carreras políticas, pero señala que el goce de la ciudadanía sigue siendo muy imperfecto y que el piso mínimo del 30% se volvió en los hechos un techo. Por eso cierra pidiendo el paso a la paridad completa.

Ejemplo resuelto

En un parcial preguntan: "¿por qué Dora Barrancos sostiene que Eva Perón no era feminista, si fue decisiva para el voto femenino?". Armá la respuesta.

La pregunta parece una contradicción y no lo es. La respuesta tiene que sostener las dos cosas al mismo tiempo.

1. La acción fue indiscutible. Barrancos lo dice con todas las letras: la intervención de Eva Perón en la obtención del voto no está en duda, y la ley se sancionó en septiembre de 1947 tras el debate en ambas cámaras.
2. El criterio no es la biografía, es el texto. Barrancos no juzga intenciones: va a lo que Eva escribió en La razón de mi vida (1953), en el capítulo sobre el paso de lo sublime a lo ridículo.
3. Qué dice ahí. Retoma la caricatura corriente de la época sobre las feministas —mujeres resentidas, que en el fondo habrían querido ser varones— y se distancia de ellas explícitamente.
4. La conclusión de la autora. Ese discurso está colonizado por fuentes patriarcales. Rechazando al feminismo, Eva pudo situarse igual en un plano excepcional de reconocimiento de los derechos cívicos de las mujeres.

Cómo se enuncia sin caer en la trampa: "no era feminista" es una afirmación sobre la posición que ella misma asumió frente al feminismo, no sobre el efecto de lo que hizo. Confundir las dos cosas es el error típico en las dos direcciones: ni la acción prueba adhesión al movimiento, ni el rechazo al movimiento borra la acción.

El marco que conviene agregar: lo que Barrancos llama la ambigüedad de Evita se explica por el contrapunto entre las obligaciones domésticas y las responsabilidades políticas, que era el eje de toda la discusión de la época. Era exactamente ese contrapunto el que hacía que unos temieran que el voto alejara a las mujeres del hogar y otros temieran que votaran influidas por curas y maridos.

Dónde se cae la mayoría

Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 6 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.

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