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Semiología (43) · Unidad 3 — El lenguaje en la sociedad

Mercado, capital y habitus lingüístico

Bourdieu lee los intercambios lingüísticos como un mercado: cada hablante entra con un capital y un habitus, y el valor de lo que dice depende de quién lo dice, ante quién y con qué legitimidad, no sólo de lo que dice.

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La explicación

Antes de empezar

Hymes (temas 3.1 y 3.2) mostró que hablar bien no es sólo hablar gramaticalmente: hay que ser adecuado. Este tema da un paso más y pregunta por el poder: por qué lo que dicen unos vale más que lo que dicen otros.

El que hace la pregunta es Pierre Bourdieu (1930-2002), un sociólogo francés que estudió cómo se reproducen las desigualdades en la escuela, la cultura y el lenguaje. Sus ideas sobre la lengua están en un libro de 1982 cuyo título lo resume todo: ¿Qué significa hablar?

El problema: la misma frase no vale lo mismo

Reunión de equipo en una empresa. La pasante dice:

«Podríamos mandar los pedidos a la mañana.» → silencio

Diez minutos después, el gerente dice exactamente lo mismo:

«Podríamos mandar los pedidos a la mañana.» → «¡Buenísimo!»

la frase no vale nada la frase vale mucho

La frase es idéntica, igual de gramatical y en la misma situación. Lo único que cambió es quién la dijo. Ni Saussure ni Chomsky, que estudian la lengua como un sistema igual para todos, pueden explicar esto. Bourdieu sí.

La crítica: la lengua no es un tesoro de todos

Saussure decía que la lengua es como un tesoro que cada hablante tiene depositado, igual para toda la comunidad. Bourdieu le contesta que esa idea esconde algo:

Esa «lengua común» es en realidad la lengua oficial: una variedad que el Estado impuso como la legítima, con escuelas, diccionarios y gramáticas.
La competencia de Chomsky es, para Bourdieu, otro nombre de la misma idea: un saber que se supone repartido por igual.
Gramaticalidad no es aceptabilidad. Los discursos no se dicen sólo para ser entendidos: se dicen para ser escuchados, creídos y obedecidos. Y una frase gramatical puede no ser escuchada por nadie, como la de la pasante.

Por eso, para Bourdieu, el lenguaje no es sólo un objeto para analizar: es una práctica, algo que se hace entre personas que no son iguales.

La lengua oficial

La lengua oficial, también llamada estándar, es una variedad impuesta desde el Estado a quienes viven dentro de sus fronteras. Se presenta como «la» forma correcta de hablar y se vuelve la norma desde la que se juzga a todas las demás.

«No creo que haiga problema.»

Muchísima gente dice «haiga». Para la lengua oficial es un error; para un lingüista es una forma tan regular como «haya», que una variedad usa y otra no. Bourdieu insiste en esto: no hay razones lingüísticas para que una variedad valga más que otra. Las razones son políticas.

Para que una variedad se vuelva oficial hace falta codificarla: fijarla por escrito, hacerla pública, ponerse de acuerdo en qué significa cada cosa y marcarle límites claros. Las instituciones que la sostienen son la escuela, el diccionario, la gramática, los medios.

Cómo reconocer la lengua oficial en un caso
1. Buscá una forma de hablar que se presente como «la correcta».
2. Fijate quién la sostiene: la escuela, un diccionario, un organismo del Estado.
3. Fijate qué pasa con las otras formas: si se las llama errores, regionalismos o vulgaridades, estás ante la norma oficial juzgando a las demás.

Una economía de las palabras

Para explicar por qué la frase de la pasante no vale y la del gerente sí, Bourdieu toma prestado el vocabulario de la economía. Todo intercambio lingüístico es, a la vez, un intercambio económico: hay productores y consumidores, cada uno con un capital, que buscan un beneficio en un mercado.

Todo acto de habla, dice Bourdieu, es el encuentro entre dos cosas: un habitus lingüístico (lo que el hablante trae) y un mercado lingüístico (dónde habla). Vamos de a una.

El mercado lingüístico

Hay mercado cada vez que alguien habla ante otros que pueden evaluar, apreciar y recompensar (o castigar) lo que dice. O sea, casi siempre: una charla de café, una clase, una entrevista de trabajo, una cena familiar.

Cada mercado tiene sus leyes de formación de precios: reglas, casi siempre tácitas, que fijan qué se puede decir, cómo y en qué lengua. Esas leyes definen cuánto «vale» un discurso ahí.

En una mesa de examen: «El autor problematiza el concepto.»
En la ronda de amigos: «Che, ¿y si problematizamos el asado?» → cargadas.

precio alto precio bajo

La misma palabra cotiza alto en un mercado y se paga con burlas en otro.

El mercado es concreto y abstracto a la vez. Concreto, porque es una situación real, con un lugar, un momento y personas. Abstracto, porque incluye esas leyes que nadie ve y todos aplican.

¿En qué se diferencia de la situación de Hymes? La situación comunicativa explica si algo es adecuado. El mercado agrega lo que Hymes no mira: que en cada intercambio se asigna un valor a lo dicho y se lucha por ese valor. No es un intercambio de información: es una relación de fuerzas.

Cómo reconocer un mercado
1. ¿Hay alguien que habla y otros que pueden premiar o castigar lo que dice? Hay mercado.
2. Buscá la ley de precios: ¿qué se valora ahí y qué se sanciona?
3. Si la misma forma vale distinto en dos lugares, hay dos mercados con leyes distintas.

El capital lingüístico

El capital lingüístico es la capacidad de usar la lengua como hay que usarla en un mercado. Tiene dos caras:

Dominar la lengua legítima y saber en qué relaciones y en qué ocasiones conviene cada uso.
Imponerse: lograr que te escuchen y que lo que decís sea tomado en cuenta.

El que tiene más capital lingüístico tiene más poder en esa interacción. Y el capital no viene dado: se adquiere participando de ciertas prácticas sociales (la escuela, la universidad, ciertas familias, ciertos trabajos), que no están abiertas a todos por igual.

Una abogada en una audiencia: «Solicito que se tenga presente la reserva del caso federal.»

Esas palabras no le sirven de nada en una verdulería. En la audiencia, en cambio, le dan peso: sabe exactamente qué decir para que el juez la escuche.

Cómo reconocer el capital
1. Preguntá qué sabe hacer el hablante con la lengua en ese mercado.
2. Si ese saber le permite hacerse escuchar o imponerse, es capital lingüístico.
3. Acordate de que el capital vale según el mercado: lo que en uno es mucho, en otro puede no valer nada.

El habitus lingüístico

¿Por qué algunos hablan «como se debe» sin esfuerzo y otros se traban? Por el habitus.

El habitus es un conjunto de disposiciones —maneras de percibir, valorar y actuar— que se adquieren sin darse cuenta, en la familia, la escuela y la vida. Es lo social metido adentro de cada uno: una «subjetividad socializada».

Bourdieu dice que el habitus es una estructura estructurada y estructurante. Dicho en simple: lo produce el medio en que uno creció, y a la vez produce prácticas que vuelven a armar ese mismo medio. Por eso tiende a reproducir las desigualdades, aunque también admite cambios.

El habitus lingüístico es su parte que regula cómo hablamos: la manera de hablar y de entender, y la tendencia a decir ciertas cosas y no otras. Tiene tres componentes: una propensión a hablar, una competencia lingüística y el capital acumulado.

En su primera entrevista de trabajo, Mica deja de decir «re» y baja la voz.

Nadie le pidió nada. Su habitus anticipa lo que ese mercado premia y castiga, y ajusta lo que dice antes de decirlo. Bourdieu llama a eso autocensura anticipada: es inconsciente casi siempre.

Habitus no es codificación. La codificación es explícita: está escrita, es pública, tiene límites claros (un reglamento, un diccionario). El habitus es tácito y flexible: nadie lo escribió y funciona igual. Además no está hecho sólo de palabras: también de miradas, silencios, posturas.

Cómo reconocer el habitus
1. ¿Es una manera de hablar o de comportarse que alguien tiene sin haberla decidido? Es habitus.
2. ¿Alguien ajusta lo que dice antes de que nadie lo corrija? Es la autocensura anticipada del habitus.
3. ¿Es una regla escrita y pública? Entonces no es habitus: es codificación.

La legitimidad

A veces el capital no alcanza. Para que un discurso se imponga, además, tienen que ser legítimos el que habla (locutor), los que escuchan (alocutario) y la situación.

Desde la tribuna, un hincha que sabe el reglamento de memoria grita: «¡Penal!». En la cancha, el árbitro hace sonar el silbato: «¡Penal!».

locutor sin legitimidad locutor legítimo

El hincha puede saber más reglamento que el árbitro: no importa. Sólo el árbitro, en un partido oficial, es el locutor legítimo para cobrar un penal. Y al revés: cuando el locutor es legítimo, su discurso se impone aunque los demás no lo entiendan del todo, como un fallo judicial lleno de tecnicismos.

Lo que vale un discurso sale de una relación de fuerzas entre el dominio de la lengua legítima y otras competencias sociales que dan el derecho a hablar: la edad, el género, la clase, el lugar donde se vive, el nivel educativo, el cargo.

Cómo reconocer un problema de legitimidad
1. Fijate si el hablante sabe decir lo que dice. Si sabe y aun así no funciona, el problema no es de capital.
2. Preguntá si es la persona autorizada para decirlo, a esos destinatarios, en esa situación.
3. Si cambiando sólo al que habla el discurso pasa a funcionar, era legitimidad.

Las condiciones de la dominación simbólica

Bourdieu llama dominación simbólica a la que se ejerce a través del lenguaje y de la cultura, sin golpes. Para que el capital de unos domine a otros hacen falta tres condiciones:

1. Un mercado unificado. Todos tienen que ser juzgados con las mismas leyes de precios. Si cada grupo tuviera su mercado, cada forma de hablar valdría en el suyo.
2. Un acceso desigual. Los medios para adquirir la lengua legítima (y los lugares donde se usa) tienen que estar mal repartidos. No hay «comunismo lingüístico»: hay monopolios.
3. Complicidad. Los dominados tienen que reconocer como legítima la variedad que los deja afuera. No es una sumisión consciente ni una adhesión libre: sale del habitus. Se ve en las autocorrecciones, los nervios, el quedarse sin palabras.

Delante del jefe, Ramón se corrige: «Fuistes… perdón, fuiste.» Y después: «Disculpe, es que hablo mal.»

Ramón no piensa que lo están dominando: piensa que habla mal. Ese reconocimiento sin conciencia es lo que Bourdieu llama violencia simbólica.

Aun en un mercado unificado quedan islotes: la casa, el barrio, el grupo de amigos, con leyes de precios propias. Ahí la ley oficial queda suspendida, no anulada: vuelve a pesar en cuanto se sale.

Cómo reconocer cada condición
1. ¿Todos son medidos con la misma vara? Mercado unificado.
2. ¿Unos tuvieron más oportunidades que otros de aprender esa vara? Acceso desigual.
3. ¿El que queda en desventaja da por buena la vara que lo deja afuera? Complicidad.

Cómo se escribe la respuesta

En un caso de Bourdieu se pide nombrar la categoría y mostrarla en el caso. Un orden que funciona:

«El tramo muestra un problema de legitimidad: el hincha sabe el reglamento, pero no es el locutor autorizado para cobrar un penal.»

Nombrar la categoría sin mostrar en qué parte del caso aparece no alcanza: la consigna siempre pide las dos cosas.

Un ejercicio resuelto, paso a paso

Analizá con las categorías de Bourdieu este caso: en un acto escolar, la directora le pide a Brian, de sexto grado, que lea unas palabras. Brian lee rápido, en voz muy baja, se corrige dos veces y al terminar dice: «Perdón, yo no sé leer en voz alta». Después, en el recreo, les cuenta a sus amigos un partido con tanta gracia que todos se le juntan alrededor.

Primero, el caso con las categorías a la vista:

En el acto escolar, Brian se corrige dos veces y dice: «yo no sé leer en voz alta». En el recreo, todos se le juntan.

mercado oficial habitus reconocimiento de la norma otro mercado, otro precio

Después, cada categoría con su justificación:

Dos mercados. El acto escolar es un mercado con leyes de precios oficiales: se valora leer con voz clara, pausada, con la entonación «correcta». El recreo es otro mercado, un islote, donde se valora contar con gracia.
El capital vale según el mercado. Brian tiene capital lingüístico: en el recreo sabe exactamente cómo hacerse escuchar. Ese mismo capital no cotiza en el acto.
El habitus. Leer rápido y bajito, corregirse: Brian no lo decide, le pasa. Su habitus registra que ese mercado no es el suyo y se encoge.
La complicidad. «Yo no sé leer en voz alta» es el punto clave. Brian no dice «este acto premia una manera de leer que no me enseñaron»: dice que el que falla es él. Reconoce como legítima la vara que lo deja afuera, sin darse cuenta. Eso es violencia simbólica.

Lo que el análisis deja ver: no es que Brian «hable mal». Habla muy bien en un mercado y mal en otro, y el que decide qué mercado importa —el que da notas, abanderados y diplomas— es el oficial. Por eso, aunque el recreo le dé éxito, cuando salga de ese islote la ley oficial vuelve a pesar.

Y uno del nivel del parcial

Analizá este caso con las categorías de Bourdieu que mejor lo expliquen: «Doña Elsa nació en un paraje de Misiones donde en su casa se hablaba guaraní y portuñol. En la escuela, la maestra le decía que eso “no era hablar”. Hoy tiene setenta años, vive en Posadas y, cuando va al banco, prefiere que hable su nieta. Con sus hermanas, en cambio, sigue hablando como en su casa, y se ríe a carcajadas.»

La pregunta de fondo es por qué Elsa, que habla y entiende de sobra, se calla en el banco. El caso permite ver casi todas las categorías del tema funcionando juntas.

La maestra: «eso no era hablar». En el banco, Elsa prefiere que hable su nieta. Con sus hermanas, sigue hablando como en su casa.

la norma oficial el habitus del dominado un mercado propio

La lengua oficial y la escuela. La frase de la maestra muestra cómo una institución del Estado impone una variedad como la única legítima y desvaloriza las otras: el guaraní y el portuñol no son «otra lengua», son «no hablar». No hay ahí una razón lingüística; hay una jerarquía política.
El mercado unificado. El banco aplica las mismas leyes de precios que la escuela: todos son medidos con la vara del castellano oficial. Elsa sabe que ahí su manera de hablar cotiza bajo.
El habitus y la autocensura. Nadie le prohíbe hablar en el banco. Elsa se calla antes, sola: su habitus anticipa la sanción. Es la autocensura anticipada, construida durante años desde aquella frase de la maestra.
La complicidad. Que prefiera que hable la nieta es reconocer como legítima la variedad que la deja afuera. No lo vive como una injusticia; lo vive como «es mejor así». Ésa es la violencia simbólica.
El islote. Con sus hermanas, otro mercado con otras leyes: ahí su manera de hablar vale, y se nota en la risa. Pero el islote no anula la ley oficial: la suspende. Al salir, en el banco, vuelve a pesar.

Lo que el análisis deja ver: la desigualdad lingüística no necesita prohibiciones. Alcanza con un mercado unificado, un acceso desigual a la lengua legítima y un habitus que hace el resto. Elsa no es una mala hablante: es una hablante de una variedad sin precio en el mercado oficial.

Dónde se pierde el punto: describir el caso como una «falta de confianza» de Elsa, que es psicologizarlo. Para Bourdieu, esa falta de confianza es social: la produjo la escuela y la sostiene el mercado.

Dónde se cae la mayoría

Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 7 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.

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