Semiología (43) · Unidad 8 — Pragmática: actos de habla, implícitos y figuras
Searle: fuerza ilocutiva y actos indirectos
Searle separa en cada acto la fuerza ilocutiva del contenido proposicional, fija las condiciones que lo hacen adecuado y explica por qué «¿me pasás la sal?» es un pedido y no una pregunta: un acto indirecto.
La explicación
Antes de empezar
Austin dejó una idea —hablar es hacer— y una lista de casos (lo viste en el 8.1). Quien la ordenó fue John Searle, un filósofo estadounidense que había estudiado con Austin en Oxford. En su libro Actos de habla (1969) sostiene que hablar una lengua es participar de una conducta gobernada por reglas, y que aprender a hablar es, entre otras cosas, aprender esas reglas.
Este tema recorre las herramientas que agrega Searle: dos tipos de reglas, una fórmula para separar lo que se dice de lo que se hace, cinco clases de actos, las condiciones que hacen adecuado un acto y los actos indirectos.
Dos tipos de reglas
El problema: ¿por qué decir «te prometo» cuenta como prometer? Searle lo piensa comparando con los juegos. Hay reglas que ordenan algo que existiría igual sin ellas, y reglas que crean la actividad.
Reglas constitutivas: crean la actividad; sin ellas, la actividad no existe. Tienen la forma «X cuenta como Y en el contexto C».
En el truco, decir «quiero» cuenta como aceptar si el otro cantó envido.
X: lo que se hace Y: lo que cuenta como C: el contexto
Sin esa regla no hay truco: hay cuatro personas con cartas. Para Searle, los actos de habla funcionan igual: decir «te prometo…» (X) cuenta como obligarse a hacer algo (Y) cuando lo dice alguien a otro en ciertas condiciones (C). En el habla también hay reglas regulativas —las de la cortesía, por ejemplo—, pero acompañan la actividad; no la crean.
1. Sacá la regla mentalmente.
2. Si la actividad sigue existiendo (se sigue viajando en colectivo, se sigue conversando), la regla era regulativa.
3. Si la actividad desaparece o se vuelve otra cosa (ya no es truco, ya no es una promesa), era constitutiva.
4. Probá escribirla como «X cuenta como Y en C». Si tiene sentido, es constitutiva.
Fuerza y contenido: F(p)
Searle separa en cada acto dos cosas que en Austin iban juntas. Mirá estas tres frases:
«Nico trae las facturas.»
«¿Nico trae las facturas?»
«¡Que Nico traiga las facturas!»
referencia: de quién se habla predicación: qué se dice de él
Las tres hablan de lo mismo —Nico, traer las facturas— y las tres hacen cosas distintas: afirmar, preguntar, pedir. Searle lo escribe así:
p es el contenido proposicional: de quién se habla (referir) y qué se dice de él (predicar). Es lo que las tres frases comparten.
F es la fuerza ilocutiva: qué acto se hace con ese contenido. Searle usa signos: ⊢ para la aserción, ? para la pregunta, ! para la petición y Pr para la promesa.
Lo que deja ver la fuerza en la frase se llama indicador de fuerza ilocutiva: la entonación, el orden de las palabras, el modo del verbo, los signos de pregunta o de exclamación y, cuando está, el verbo realizativo («te pido», «te prometo»).
La fórmula sirve también para ver que hay dos negaciones distintas:
«No te juro que lo arreglo.»
«Te juro que no lo arreglo.»
negación ilocutiva: −F(p) negación proposicional: F(−p)
En la primera no hay ningún juramento: se niega el acto. En la segunda hay un juramento, sólo que de no hacer algo: se niega el contenido.
Con esto Searle rearma la lista de Austin. Distingue, en cada acto de habla, un acto de emisión (decir palabras y oraciones), un acto proposicional (referir y predicar) y un acto ilocutivo (afirmar, preguntar, prometer). El perlocutivo deja de ser un acto aparte: lo que queda de él es el efecto mínimo de cualquier acto, que el otro lo entienda.
1. Sacale a la frase todo lo que dice qué acto es: entonación, signos, modo del verbo, verbo realizativo.
2. Lo que queda (de quién se habla y qué se dice) es p.
3. Lo que sacaste es F: nombrá el acto.
4. Si hay un «no», fijate a qué toca: al verbo del acto (−F(p): no hay acto) o al contenido (F(−p): hay acto, sobre algo negado).
Las cinco cosas que hacemos con palabras
Si los actos se ordenan por su propósito, dice Searle, hay sólo cinco grandes clases:
Directivos: tratar de que el otro haga algo. Pedir, ordenar, aconsejar, y también preguntar, porque se le pide una respuesta. «Pasame la yerba.»
Compromisivos: comprometerse a hacer algo. Prometer, jurar, ofrecer, amenazar. «Te juro que no le cuento a nadie.»
Expresivos: expresar lo que uno siente sobre algo. Agradecer, felicitar, disculparse, dar el pésame. «Perdoname por llegar tarde.»
Declaraciones: cambiar la realidad por el solo hecho de decirlo, si lo dice quien puede. Nombrar, bautizar, renunciar, despedir. La entrenadora: «Te nombro capitana.»
1. Preguntá quién tiene que hacer algo después. Si es el que escucha: directivo. Si es el que habla: compromisivo.
2. Si nadie tiene que hacer nada, ¿el acto describe algo (asertivo) o expresa un sentimiento (expresivo)?
3. Si la realidad cambió en el momento de decirlo (alguien quedó nombrado, despedido, fuera de un cargo): declaración.
Condiciones para que el acto sea adecuado
Como Austin con sus infortunios, Searle fija qué tiene que pasar para que un acto salga bien. Son cuatro condiciones. Mirá cómo funcionan en una promesa:
«Te prometo que el sábado te ayudo con la mudanza.»
2. Condiciones preparatorias: lo que tiene que darse para que el acto tenga sentido. Al otro le tiene que convenir lo prometido (si no, es una amenaza) y no tiene que ser obvio que el que promete lo haría de todos modos.
3. Condición de sinceridad: el estado del que habla. El que promete tiene que tener la intención de hacerlo.
4. Condición esencial: lo que hace que esas palabras cuenten como ese acto. Prometer cuenta como obligarse a hacer lo prometido. Es la regla constitutiva del acto.
Cada acto tiene las suyas. En un pedido, el contenido es un acto futuro del que escucha; la preparatoria, que el otro pueda hacerlo y que no lo vaya a hacer igual; la sinceridad, que el que pide lo quiera de verdad; y la esencial, que cuente como un intento de que el otro lo haga. En una orden hay una preparatoria más: el que ordena tiene que tener autoridad sobre el otro.
1. ¿El contenido es del tipo que el acto pide (futuro, de quien corresponde)? Si no, falla la de contenido proposicional.
2. ¿Tiene sentido hacer ese acto ahí: al otro le conviene, no es obvio, el que habla tiene autoridad? Si no, falla una preparatoria.
3. ¿El que habla siente o quiere lo que su acto expresa? Si no, falla la de sinceridad, pero el acto existe igual.
4. La esencial es la que define el acto. Casi nunca es la que falla: se la nombra para decir qué cuenta como qué.
Los actos de habla indirectos
En principio, Searle esperaba que cada forma de oración correspondiera a una fuerza: el imperativo a la orden, la interrogativa a la pregunta. La charla de todos los días lo desmiente a cada rato.
En la cocina, con el parlante a todo volumen: «¿Podés bajar la música?»
La forma es una pregunta sobre la capacidad del otro, pero nadie contesta «sí, puedo» y sigue escuchando igual de fuerte. Lo que se hace es un pedido. Cuando la forma marca un acto y en realidad se hace otro, hay un acto de habla indirecto: se realiza un acto (el pedido) a través de otro (la pregunta).
Acto indirecto: el que de verdad se quiere realizar (acá, pedir).
¿Cómo llega el otro del primero al segundo? Searle apela a dos cosas: la información de fondo compartida (los dos saben que la música está fuerte y que el otro puede bajarla) y la capacidad de inferencia. Muchos de esos caminos están tan gastados que funcionan como fórmulas: «¿podés…?», «¿me pasás…?», «¿te molestaría…?» ya se oyen como pedidos. Y se usan tanto porque son más corteses que una orden directa.
La prueba de que el acto indirecto existe es el chiste de contestar sólo el directo:
«—¿Me podés alcanzar el cargador? —Poder, puedo.»
1. Decí qué acto marca la forma: ¿pregunta, afirmación, orden?
2. Mirá la situación: ¿qué espera el que habla que el otro haga o diga?
3. Si las dos respuestas no coinciden, hay un acto indirecto. Nombrá los dos: «directo: pregunta; indirecto: pedido».
4. Decí qué información compartida permite pasar del uno al otro.
Analizá este acto de habla con las herramientas de Searle. Al terminar la clase, la profesora mira los dos proyectores que quedaron en el aula y dice: «¿Alguien me ayuda a llevarlos a la sala de profesores?». Dos alumnos se levantan y los llevan.
Primero, la frase con sus dos actos a la vista:
«¿Alguien me ayuda a llevarlos a la sala de profesores?» → Dos alumnos los llevan.
lo que marca la forma lo que se hizo de verdad
Acto indirecto: un pedido. Nadie contesta «sí, Juan» y se queda sentado: los alumnos entienden que la profesora quiere que alguien lo haga. Es un directivo: ! (alguien, ayudar a la profesora a llevar los proyectores). El contenido p es el mismo; cambió la fuerza.
Después, las condiciones del pedido, que es el acto que importa:
Preparatorias: los alumnos pueden hacerlo, y no lo harían si nadie se lo pidiera.
Sinceridad: la profesora quiere de verdad que la ayuden.
Esencial: decirlo cuenta como un intento de que alguien la ayude.
Cómo se pasa del directo al indirecto: por la información compartida (son dos proyectores, ella es una sola, se terminó la clase y hay que guardarlos) y por la inferencia (si pregunta eso en ese momento, no es por curiosidad). «¿Alguien me ayuda…?» es además una de esas fórmulas gastadas que ya se oyen como pedido.
Por qué lo hace indirecto: una orden directa («Ustedes dos, lleven los proyectores») sería posible —tiene autoridad—, pero la pregunta deja que se ofrezcan, y eso es más cortés. Que dos alumnos se levanten es, en términos de Austin, el efecto perlocutivo; para Searle, lo que se integra al acto es que lo hayan entendido como pedido.
En la heladera de una oficina aparece este cartel, firmado por «alguien del 2.º piso». Analizá qué actos de habla realiza y por qué los realiza así: «Estimados compañeros: ¿sería mucho pedir que no se lleven los táper ajenos? Algunos ya respetan los nombres, y se les agradece. Seguramente a nadie le gusta quedarse sin almuerzo».
La pregunta de fondo es por qué un cartel que pide algo casi no tiene ningún pedido explícito. Todo el texto es un directivo, pero hecho por caminos indirectos.
«Estimados compañeros: ¿sería mucho pedir que no se lleven los táper ajenos? Algunos ya respetan los nombres, y se les agradece. Seguramente a nadie le gusta quedarse sin almuerzo.»
pregunta que pide expresivo que reprocha asertivo que pide
«Algunos ya respetan los nombres, y se les agradece»: un expresivo (agradecer) dirigido a «algunos». Si algunos cumplen, otros no: el agradecimiento a unos funciona como reproche a los demás. El impersonal «se les agradece» saca al firmante de escena.
«Seguramente a nadie le gusta…»: un asertivo con forma de opinión general. Lo que hace es dar la razón del pedido y apelar a que el lector se ponga en el lugar de los otros. Otra vez, un pedido por vía indirecta.
Por qué así: entre compañeros nadie tiene autoridad para ordenar, así que una orden fallaría en una condición preparatoria («No se lleven los táper» sonaría a orden sin derecho a darla). El cartel resuelve el problema con actos indirectos y fórmulas de cortesía, que son reglas regulativas: el pedido existiría sin ellas, pero con ellas se vuelve aceptable.
Dónde se pierde el punto: clasificar cada oración por su forma (una pregunta, un agradecimiento, una afirmación) y concluir que el cartel «informa». Hay que ver que los tres tramos hacen, por debajo, el mismo acto.
Dónde se cae la mayoría
- Clasificar el acto por la forma de la oración. Una pregunta puede ser un pedido y una afirmación puede ser una orden: la forma da el acto directo, y hay que mirar la situación para ver si hay uno indirecto.
- Creer que una promesa insincera no es una promesa. Falla la condición de sinceridad, pero la esencial se cumple: decirlo cuenta como obligarse, y por eso se le puede reclamar.
- Confundir regla regulativa con constitutiva. La pregunta es si la actividad existiría sin la regla: si existiría, la regla sólo la regula; si no, la crea.
- Ver un «no» y decir que no hubo acto. «Te juro que no lo cuento» es un juramento, de no contar: F(−p). Sólo cuando el «no» toca al verbo del acto, como en «No te juro nada», se niega el acto: −F(p).
- Llamar promesa a cualquier frase con «prometo». Si lo prometido no le conviene al otro, falla una condición preparatoria: lo que se hizo es una amenaza.
Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 7 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.
Practicar Searle: fuerza ilocutiva y actos indirectos →Dónde entra este tema en el parcial
- Segundo parcial — Antes del partido20 puntos · resuelto paso a paso
Los otros temas de la unidad 8
Pragmática: actos de habla, implícitos y figuras