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Sociología (14) · Unidad 5 — La modernidad líquida

Los contornos de la modernidad reciente

Giddens explica por qué la modernidad actual es tan dinámica: separa el tiempo del espacio, despega las relaciones de su lugar (el desenclave) mediante señales simbólicas —el dinero— y sistemas expertos, y vive en reflexividad permanente. Por eso es un mundo de riesgos calculados más que de destinos.

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La explicación

Antes de empezar

Las unidades anteriores leían a autores que vieron nacer la modernidad (Marx, Durkheim, Weber) o que la vieron en su momento más estable (Castel, Merton, Bourdieu). Esta unidad mira la modernidad en la que vivimos hoy.

El primer autor es Anthony Giddens (n. 1938), un sociólogo británico muy leído desde los años noventa. En Modernidad e identidad del yo (1991) se pregunta qué tiene de particular nuestra época. Su respuesta: no es una era nueva, «posmoderna», sino la misma modernidad llevada al extremo. La llama modernidad reciente (también se traduce «tardía» o «alta»).

Una idea recorre todo el libro: lo más íntimo (una separación, una crisis personal, la pregunta por cómo vivir) y lo más enorme (el dinero, la ciencia, el mercado mundial) están conectados. No son dos mundos aparte.

Qué es la modernidad, en seis piezas

Giddens llama modernidad a las instituciones y formas de vida que aparecieron en Europa después del feudalismo y que en el siglo XX se extendieron a todo el planeta. Las separa en seis dimensiones, que conviene tener a mano:

Industrialismo: producir con máquinas y energía, no con la fuerza de personas y animales.
Capitalismo: producir mercancías para mercados que compiten, y comprar y vender la fuerza de trabajo como una mercancía más.
Vigilancia: controlar a una población, ya sea mirándola de cerca o juntando información sobre ella.
Poder militar: la guerra se industrializa, y se abre la era de la «guerra total», con armas capaces de destruirlo todo.
Estado nacional: un territorio con fronteras, que vigila a su población y tiene el monopolio de la fuerza.
Organización: coordinar con reglas a muchísima gente, aunque esté lejos y nunca se vea.
Cómo reconocer la dimensión
1. Preguntá qué se hace en el caso: producir, vender, controlar, hacer la guerra, gobernar un territorio, coordinar.
2. Si lo que cuenta son las máquinas, es industrialismo; si es el mercado y el salario, capitalismo.
3. Si lo central es la información sobre la gente, es vigilancia, la junte quien la junte.

El problema: ¿por qué todo cambia tan rápido?

Todas las sociedades cambian. Lo que llama la atención de la moderna es la velocidad y la profundidad: Giddens la compara con un vehículo desbocado, un «mundo desbocado». Para explicarlo señala tres fuentes del dinamismo, que se refuerzan entre sí. Las tres secciones que siguen son el corazón del tema.

1. Tiempo y espacio se separan

En una aldea antigua, el «cuándo» venía pegado al «dónde» y al «qué»: se juntaban cuando sonaba la campana de la iglesia del pueblo, se sembraba con la primera lluvia. El tiempo era el del lugar.

La modernidad inventa un tiempo vacío, igual en todas partes: el reloj mecánico, el calendario único, los husos horarios. Y un espacio también vacío: el mapamundi, donde ningún lugar es el centro. Con eso se puede coordinar a personas que nunca están juntas.

«El tren a Mar del Plata sale a las 7.42, sea invierno o verano.»

A esto Giddens lo llama separación de tiempo y espacio. Es la base de las otras dos fuentes: sin un tiempo y un espacio comunes, no habría ni mercados mundiales ni organizaciones enormes.

Cómo reconocerla
1. Fijate si hay gente coordinada que no está en el mismo lugar.
2. Buscá el instrumento que la coordina: un horario, un calendario, una zona horaria, un mapa.
3. Si ese tiempo es el mismo para todos, y no el de un lugar, es separación de tiempo y espacio.

2. Las relaciones se despegan del lugar: el desenclave

Durante casi toda la historia, uno trataba con gente que conocía: el vecino que vendía el pan, el curandero del pueblo. La modernidad «despega» las relaciones de su lugar y las estira a través de distancias y tiempos indefinidos. Giddens lo llama desenclave (otras traducciones dicen «desanclaje»).

Lo logran dos mecanismos, que juntos se llaman sistemas abstractos:

Las señales simbólicas. Son medios de intercambio con un valor estándar, que sirven igual en cualquier situación. El ejemplo por excelencia es el dinero: permite tratar con gente que nunca vamos a ver y, con el crédito, con el futuro.

«Le pagué al almacenero con un billete que él va a usar para pagarle a un proveedor de Salta.»

Los sistemas expertos. Son saberes técnicos que funcionan sin que nosotros los conozcamos: los que están detrás del edificio donde vivimos, de los remedios, de la comida que compramos. Sus caras visibles son el médico, la ingeniera, el psicólogo, el técnico.

«Me subo al ascensor sin tener idea de cómo están calculados los cables.»

la confianza en un saber que no se ve

Los dos mecanismos dependen de la confianza: una especie de fe en algo que no vemos ni entendemos. No hace falta confiar en lo que uno controla con sus propios ojos; se confía justamente en lo que está lejos o en lo que no se sabe.

Cómo reconocer el mecanismo
1. Fijate si la relación del caso une a gente o cosas que no comparten un lugar.
2. Si lo que viaja es un valor que todos aceptan (plata, crédito, un pago), es una señal simbólica.
3. Si lo que hay es un saber técnico en el que se confía sin entenderlo, es un sistema experto.
4. En los dos casos, nombrá la confianza: es lo que los sostiene.

3. La sociedad se piensa a sí misma: la reflexividad

Toda persona piensa en lo que hace. Pero la modernidad hace algo más: produce todo el tiempo conocimiento sobre la vida social (estadísticas, estudios, manuales, notas) y ese conocimiento vuelve sobre la vida social y la cambia. Giddens lo llama reflexividad institucional.

«Leí que las parejas que reparten las tareas por escrito discuten menos, así que armamos una planilla en la heladera.»

el conocimiento sobre la vida social la vida social que cambia por él

Su propio ejemplo es un libro sobre parejas separadas, que leen justamente quienes se están separando. Por eso las ciencias sociales no «acumulan» saber como las naturales: lo que dicen entra en lo que estudian y lo modifica.

La reflexividad llega hasta el yo. En un mundo sin tradiciones que decidan por nosotros, la pregunta «¿cómo tengo que vivir?» se contesta todos los días: qué comer, qué ponerse, qué estudiar. Cada uno organiza su biografía mirando la información que circula sobre los modos de vida posibles.

Cómo reconocer la reflexividad
1. Buscá un saber sobre la sociedad o sobre la gente: un estudio, una encuesta, un consejo de expertos.
2. Fijate si ese saber llega a las personas o a las instituciones que describe.
3. Si por eso cambian lo que hacen, es reflexividad.

La duda radical

Los pensadores de la Ilustración esperaban que la razón y la ciencia reemplazaran los dogmas de la tradición por certezas firmes. Giddens dice que la modernidad contradice esa expectativa, aunque sea hija de ella.

La ciencia no avanza juntando verdades seguras, sino con el principio de la duda: cualquier afirmación puede revisarse o descartarse si aparece algo nuevo. Y la reflexividad lleva esa duda a la vida de todos los días. Cualquiera lo vive cuando el consejo de ayer sobre qué comer o cómo criar a los hijos hoy se dice al revés.

Del destino al riesgo

En las culturas tradicionales, lo que pasaba podía pensarse como destino: algo ya escrito, que se acepta. La vida se orientaba por el pasado y por la costumbre.

En la modernidad reciente casi nada está escrito. Vivimos con una actitud de cálculo frente a lo que puede pasar, a favor o en contra: eso es pensar en términos de riesgo. Giddens retoma la expresión de Ulrich Beck: una «sociedad de riesgo». No quiere decir que la vida sea más peligrosa que antes, sino que el cálculo de riesgos ocupa el centro, tanto para los expertos como para cualquiera.

Por eso la vida moderna es contrafáctica: elegimos imaginando mundos posibles, «¿qué pasaría si…?». Los seguros son la versión institucional de ese cálculo.

«Antes de aceptar el puesto, me pregunté qué pasaría si la empresa cerraba en un año.»

el pensamiento contrafáctico

Para Giddens, esto vuelve a la crisis algo casi permanente, y cada crisis trae a la vez peligro y oportunidad.

Cómo distinguir destino y riesgo
1. Fijate cómo explica la persona lo que le pasa o le puede pasar.
2. Si lo acepta como algo ya decidido, que no depende de sus cálculos, es una mirada de destino.
3. Si compara escenarios, calcula probabilidades o se cubre ante lo que podría pasar, piensa en términos de riesgo.

Cómo se escribe la respuesta

En un parcial no alcanza con nombrar el mecanismo: hay que decir qué mecanismo es, qué hace y qué parte del caso lo muestra. Con un caso como «todos los meses le giro plata a mi hermano, que estudia en Bahía Blanca»: es una señal simbólica (el dinero), que permite una relación entre personas que no comparten un lugar; lo muestra el giro, que llega sin que nadie viaje, y lo sostiene la confianza en que ese dinero vale lo mismo en los dos lugares.

Un ejercicio resuelto, paso a paso

Leé el caso y decí qué fuente del dinamismo moderno muestra cada parte: «Irene trabaja desde Neuquén para un estudio contable de Buenos Aires. Todos los lunes, a las 9, se conecta a la reunión del equipo. Cobra por transferencia y con ese dinero paga cuotas de una heladera que compró a una cadena nacional. Hace poco leyó una encuesta según la cual quienes trabajan desde la casa se cansan más, y empezó a cortar al mediodía para caminar».

Primero, el caso con las partes marcadas:

«Irene trabaja desde Neuquén para un estudio contable de Buenos Aires. Todos los lunes, a las 9, se conecta a la reunión del equipo. Cobra por transferencia y con ese dinero paga cuotas de una heladera que compró a una cadena nacional. Hace poco leyó una encuesta según la cual quienes trabajan desde la casa se cansan más, y empezó a cortar al mediodía para caminar.»

tiempo y espacio separados señal simbólica reflexividad

La reunión de los lunes a las 9: separación de tiempo y espacio. Un horario igual para todos coordina a gente que no está en el mismo lugar.
El cobro y las cuotas: señal simbólica. El dinero une a Irene con un empleador y con una cadena de comercios que no comparten su lugar; las cuotas, además, la atan a un compromiso futuro (el crédito estira la relación en el tiempo).
La encuesta y el corte del mediodía: reflexividad. Un saber sobre cómo vive cierta gente llega a una de esas personas y la hace cambiar lo que hace.

Lo que el análisis deja ver: las tres fuentes aparecen juntas en una sola vida común, y se apoyan unas en otras. Sin un horario compartido no habría trabajo a distancia; sin el dinero no habría relación con un empleador lejano; y la encuesta circula por los mismos medios que separan el tiempo del lugar.

Y uno del nivel del parcial

Rubén, de 70 años, cuenta: «Cuando yo era chico, en el campo, si venía la piedra y arruinaba la cosecha, mi papá decía que había sido mala suerte y empezaba de nuevo. Mi hija, que hoy maneja ese mismo campo, sigue tres pronósticos, paga un seguro contra granizo, sembró dos cultivos distintos por las dudas y lee informes de mercado de otros países». ¿Qué cambio describe el relato, según Giddens?

La pregunta de fondo es cómo se piensa lo que todavía no pasó. El padre y la hija enfrentan el mismo peligro, la piedra, pero lo piensan de dos maneras distintas.

El padre: «había sido mala suerte». Lo que pasa se acepta como algo que no dependía de él. Es una mirada cercana al destino, propia de un mundo orientado por la costumbre: después del golpe, «empezaba de nuevo» del mismo modo.
La hija: «paga un seguro», «por las dudas». Calcula escenarios, reparte las apuestas y se cubre: piensa en términos de riesgo. Su manera de decidir es contrafáctica: elige imaginando qué pasaría si.

destino riesgo

El relato muestra también las otras piezas del tema. Los pronósticos y los informes son sistemas expertos: ella no sabe meteorología ni economía internacional, pero confía en quienes sí. El seguro y el mercado mundial funcionan con señales simbólicas que la conectan con gente que nunca va a ver. Y su campo, aunque esté en el mismo lugar que el de su padre, ya no depende sólo de lo que pasa ahí: también a él le llegó el desenclave.

Dónde se pierde el punto: decir que la hija vive «más tranquila» porque calcula. Para Giddens el cálculo no elimina la incertidumbre: muchos riesgos no se pueden medir bien, y las evaluaciones valen «hasta nuevo aviso». Lo que cambió no es la cantidad de peligro, sino la manera de vivir con él.

Dónde se cae la mayoría

Hasta acá la explicación. La práctica es la otra mitad: 7 ejercicios de este tema, en cuatro niveles, que no te dicen sólo si está bien al final sino que te corrigen en cada paso y te explican por qué. Además trae una animación que muestra la idea en movimiento.

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